[*FP}– La secuela de dos tragedias

Carlos M. Padrón

En El Paso de la segunda mitad de la década de los años ’40s, y en la zona en que estaba mi casa natal, en la que yo vivía con mi mis padres y hermanos, el alumbrado público casi no existía —sólo había algunas farolas en el centro del pueblo y alrededores cercanos—, y en las casas tampoco se dejaba encendida en las noches ninguna luz que alumbrara la entrada, pues la energía eléctrica era muy cara y la situación económica muy precaria.

Sólo las estrellas y la Luna alumbraban las noches, cuando las nubes lo permitían.

Es posible que por el recuerdo aún fresco de la cruel Guerra Civil y de las tragedias con ella asociadas, en mi pueblo las desgracias se notaban mucho más que las alegrías, y entre mis familiares y vecinos cercanos —me atrevería a decir que entre un alto porcentaje de pasenses— destacaba un ánimo lúgubre que ante una enfermedad grave exteriorizaba preocupación; ante un accidente, angustia incontrolable; y ante la muerte, un brutal impacto cuando era por causas naturales. Pero cuando venía por suicidio, paralizaba, y cuando por asesinato producía todo eso más un estupor, incredulidad y desesperación que duraban mucho tiempo.

Tal vez gran parte de esto esté sólo en mi mente, y tal vez lo percibo así porque en muchas oscuras noches invernales, cuando el viento ululaba y la lluvia azotaba techos y ventanas, algunos de los vecinos más próximos se reunían en mi casa para jugar cartas, lotería o armar una tertulia, y desde mis apenas 8 años de edad escuché, aterrado, relatos hechos con pelos y señales de horrendos crímenes cometidos durante la tal guerra; relatos en los que se daban los nombres y se explicaban los sufrimientos de personas que yo conocía y que en esos crímenes perdieron a algún ser querido.

La secuela de la muerte era muy larga, sobre todo en madres y esposas y, hasta que a la edad de 18 años me fui de El Paso, sólo supe de una viuda que se casó en segundas nupcias.

Las otras que conocí se embutieron en vestimentas de color negro y se recluyeron en sus casas de por vida.

Como mucho, solían acudir a la iglesia o iban a faenar en los campos, pero nunca se las veía en festejos, y a veces ni en procesiones religiosas.

Inmerso, como estuve desde que nací, en este medio social, me marcó de por vida el incidente de la muerte en Caracas de un joven pasense de 20 años, vecino nuestro muy cercano, ocurrida apenas semanas después de haber llegado él a Venezuela.

Con los 11 años que entonces yo tenía recuerdo que la terrible noticia llegó por telegrama dirigido a un tío mío y también vecino. Éste se puso de acuerdo con mi padre y otros vecinos más, y entre ellos decidieron traer a mi casa, de madrugada, al padre del joven muerto, y darle allí la brutal noticia.

Tal vez mi padre o mi madre tomaron precauciones con mi hermana menor, que para entonces tenía 4 años, y, de haber sido así, supongo que hicieron que mi hermana mayor, que tendría unos 20, se la llevara a otra casa.

Pero nadie se ocupó de mí, y yo, con el corazón en un puño y asustado como nunca antes lo había estado, presencié la espantosa reacción de aquel hombre que, con sus tal vez más de dos metros de alto se me antojaba un gigante, cuando entendió que su primogénito, a quien con grandes sacrificios había logrado enviar a Venezuela, había muerto.

Ése fue mi primer encuentro con la tragedia.

Creo que los gritos de padre profundamente herido deben haberse escuchado en más de un kilómetro a la redonda. Y unos gritos tan desgarradores, rompiendo el oscuro silencio que al momento había, despertaron a todos los vecinos y angustiaron a muchos de ellos.

En su desesperación, al gritar clamando al cielo por su hijo, elevaba los brazos, y con sus manos casi rozaba el techo del comedor de mi casa.

Mi padre y mis tíos se vieron exigidos al máximo para sujetar a aquel gigante y evitar que escapara y cometiera una locura.

Pasado el peor momento, que me pareció eterno, alguien, mi padre o mi madre, reparó en mí, que me había refugiado en una esquina, incrustado casi en la pared, con los ojos desorbitados y llorando, y me dijo que fuera a la relva a buscar el caballo y la vaca.

Y así, totalmente traumatizado y sintiéndome perseguido por la muerte, salí caminando bajo la incipiente luz del alba, desorientado y confundido, mientras por buen rato escuché todavía los gritos del padre desesperado, y me crucé con algunos de los vecinos a quienes esos gritos habían despertado y, comentando entre ellos, trataban de entender qué los había causado.

Desde entonces desarrollé aversión a dejar la cama a esa hora del día; prefiero hacerlo mientras aún es totalmente de noche o totalmente de día. Y desarrollé también una extraña sensibilidad a las tragedias que en mi pueblo ocurrieran estando yo allí, pues la muerte no se ve igual en el silencio y en la soledad de un pueblo pequeño en el que todos resultan afectados por ella, que en el bullicio y el tráfago de una gran ciudad donde la indiferencia de la mayoría de las gentes tiende a hacerles entender que la desgracia es global, que no es sólo nuestra, y que la vida seguirá su curso.

Hace pocos días, viendo en TV una película vinieron a mi mente las desgarradoras escenas del padre desesperado por la pérdida de su hijo, cuando al final del filme la protagonista cerró con una frase lapidaria: «La muerte de un hijo es la peor de las prisiones; una de la que nunca se sale».

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El 01 de diciembre de 1960 volé desde Tenerife —donde para entonces yo vivía— a La Palma para pasar la Navidad en mi casa natal, en El Paso, junto a mis padres y hermanas.

Según ya conté, de ese viaje surgió la semilla que hizo que yo viniera a Venezuela.

Aunque en diciembre solía haber frío en El Paso, en 1960 el tiempo fue muy bueno, y en la gente se notaba animación por la proximidad de la Navidad.

Pero en la mañana del día 18 una noticia activó en mí el recuerdo de todo lo antes descrito.

La noticia se extendió por todo el pueblo como un reguero de pólvora: «¡Pedro el Quico mató a la mujer!». (En nuestra jerga, «la mujer» era «su» mujer, o sea, que Pedro el Quico había matado a su esposa).

Hice memoria. Durante los 18 años que viví en El Paso ocurrieron algunos suicidios pero, que yo recuerde, ningún crimen, de ahí que aquella noticia causó los peores efectos: brutal impacto, angustia, estupor, e incredulidad.

Muchas de las para entonces casi mil familias del pueblo eran conocidas por apodos, pero yo no sabía quiénes eran los miembros de todas ésas.

En el caso de los Quicos sí sabía que eran de alguno de los barrios de la parte alta, como El Barrial, Las Moraditas, etc., pero no podía asociar el apodo con las caras de quienes lo llevaban.

Dada esta ignorancia, el caso no debió afectarme tanto, pero lo que de verdad me afectó fue que, como el cuartel de la temida Guardia Civil operaba en un caserón que estaba —y aún está, pero vacío y desvencijado— a escasos 100 metros de mi casa, cuando los guardias capturaron a El Quico lo encerraron en ese cuartel, y sabrá Dios qué le hacían que lo que de mi casa se escuchaba eran sus gritos desesperados invocando el nombre de su mujer, como si quisiera pedirle perdón por lo que él le había hecho: «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

Según se supo ese mismo día, El Quico había atado a Amelia a su cama y le había infringido quemaduras en algunas partes de su cuerpo, aunque nunca supe qué fue lo que realmente causó la muerte de la pobre mujer, a quien los vecinos encontraron en ese estado.

Una vez consumado el crimen, El Quico huyó hacia el monte, algo que resulta sarcástico porque en aquella isla y en aquellos tiempos no había modo de escapar antes de ser atrapado.

Pudo haberse escondido en La Caldera, pero habría muerto de hambre porque, si bien ese enorme cráter sirvió una vez a tal fin, en los años ’50s ya hacía mucho que a él no entraban rebaños de más de 100 cabras que podrían haber proporcionado leche y carne.

Ignoro cuál fue el destino de El Quico, pero ahora, cuando medio siglo después veo las muchas series de TV que tratan de los efectos que nos causa el medio ambiente en que uno crece, de sociópatas, pirómanos, esquizofrénicos, asesinos en serie, etc., y noto que en los motivos que llevaron a esas personas a ser criminales aparece siempre el trato recibido de uno de sus progenitores, de sus maestros, de sus compañeros de clase, o del medio social en que crecieron, viene entonces a mi mente el caso del joven muerto en Caracas a los 20 años de edad y, con rabia mal contenida, me pregunto qué habría ocurrido de no haber crecido él, como también crecí yo, en un medio social oscurantista en el que todo lo de sexo, hasta el mismo nombre, era tabú, y cualquier manifestación sexual estaba socialmente prohibida y religiosamente condenada bajo amenaza de ir al Infierno.

Esa maldita «educación» trastocó mi vida, y al menos afectó en mayor o menor grado la de muchos otros Canarios de mi generación que he conocido en Venezuela.

Sin embargo, en el caso de este joven el efecto fue letal, pues tuvo mucho que ver con que él muriera de forma fulminante cuando apenas contaba 20 años de edad.

Viene también a mi mente el caso de Pedro el Quico, y no puedo dejar de preguntarme cómo fue su infancia, y qué lo llevó a que, en un medio social donde no había violencia, él hiciera lo que hizo segando la vida de su mujer, arruinando la suya, y marcando para siempre la de sus descendientes, si es que los tuvieron.

Tampoco puedo dejar de preguntarme cómo habrían manejado el caso las autoridades que lo detuvieron si hubieran estado conscientes de que, como creo, El Quico ni siquiera fue un loco ni un victimario sino una pobre víctima de los tratos recibidos en su infancia, y tal vez acrecentados por lo que luego le tocó vivir.

Aunque haya muchos escépticos que no creen en la Astrología, está claro que cada signo tiene algunas características que le son naturales, y los Cáncer, como yo, tendemos a mirar hacia el pasado, podemos reconstruir los hechos que nos afectaron, y reactivar en nosotros los sentimientos que esos hechos nos causaron.

Tal vez por eso, cada vez que veo, aunque sea en fotografía, el viejo caserón donde en El Paso estuvo el cuartel de la Guardia Civil, no puedo evitar recordar lo ocurrido aquel 18 de diciembre de 1960, sentir compasión por quien protagonizó aquella tragedia, y escuchar en mi mente los lastimeros gritos de «¡Amelia! ¡¡Ameeelia!!».

[Col}> Ernesto Lecuona, hijo / Estela Hernández Rodríguez

17-10-2011

Ernesto Lecuona, hijo, intérprete y compositor de fama universal.

En un modesto hogar de Guanabacoa, La Habana, nació el 6 de agosto de 1895 un niño de doce libras de peso. Era un pequeño que, al pasar de los años, se convertiría en un genio de la música. Su nombre: Ernesto Sixto de la Asunción Lecuona y Casado.

Cuentan que este calificativo de genio tuvo que ver con la predicción de una negra, pobre y desamparada, de su natal Guanabacoa. El «¡Dios te bendiga, genio!» dicho por esa mujer delante de la cuna del niño Ernesto se convirtió con los años en una gran verdad, según cuenta el intelectual Orlando Martínez, uno de los biógrafos de Ernesto Lecuona, quien fuera además su amigo.

Ernesto Lecuona fue el iniciador de la auténtica visión de los valores afrocubanos en nuestra cultura, y nadie imaginó el alcance que tuvo tal predicción hasta que se convirtió en una realidad, pues Ernesto Lecuona compuso 406 canciones y 176 obras para piano, entre otras.

Ernesto Lecuona, así conocido por su nombre artístico, era hijo del periodista Ernesto Lecuona y Ramos, nacido en 1854 en Santa Cruz de Tenerife (Islas Canarias), quien se radicó en Cuba.

Luego de la muerte de Ernesto Lecuona padre, la familia trató de ofrecer a Ernesto Lecuona hijo la mejor instrucción posible, y éste comenzó a estudiar piano bajo la tutela de su hermana Ernestina, la que, simultáneamente, le enseñaba música, hasta que el niño Ernesto pasó a estudiar con otros profesores para llevar adelante sus conocimientos en esta especialidad, que sería su  brillante porvenir.

A pesar de que la familia no estaba mal económicamente existían razones para que él se buscase un futuro prometedor, pues había quedado huérfano de padre a temprana edad, y su madre estaba delicada de salud.

Así, Ernesto comenzó a trabajar en el cine Fedora, lo que despertó su afición por este nuevo arte, y en 1907, con sólo 12 años de edad, dirigía al grupo musical de ese cine, y en los intermedios hacían instrumentales.

Su primer recital lo dio a los 5 años, y a los 13 realizó su primera composición, la marcha two step titulada «Cuba y América» para banda de concierto. De ahí que le llamaran niño prodigio.

Estudió en el Peyrellade Conservatoire, y a los 16 años se graduó en el Conservatorio Nacional de La Habana con medalla de oro en interpretación.

Su vida se desarrollaba de forma ascendente hasta que, conociendo ya bien su trabajo, creó la primera orquesta latina que hubo en los Estados Unidos, la llamada Lecuona Cuban Boys.

En ese entonces, por su obra para piano fue considerado como el músico cubano más destacado, y se le comparó con los grandes de esa manifestación artística, como Manuel de Falla y Maurice Ravel.

También incursionó en el teatro lírico cubano, y con Gonzalo Roig y Rodrigo Prats formó la trilogía más importante de compositores, en especial del género de la zarzuela, en el que cabe destacar «Damisela Encantadora» y, entre sus canciones, «La Comparsa», «Malagueña», la «Rapsodia Negra», para piano y orquesta, además de su «Suite Española».

Una de sus obras, “Siempre en mi corazón”, fue nominada para el Oscar, premio que ese año ganó White Christmas.

Su música recorrió el mundo, y con ella dieron conciertos muchas personalidades. La interpretó el tenor Canario Alfredo Kraus, y, con una selección de piezas de Ernesto Lecuona, Plácido Domingo grabó un álbum al que tituló “Siempre en mi corazón”.

A su favor tuvo Ernesto Lecuona la crítica, que siempre hablaba bien de su persona.

Su música fue también llevada al cine en catorce oportunidades. Su zarzuela “María La O” se presentó en la pantalla del celuloide mexicano.

En la televisión, produjo en CMQ, y para la cantante Esther Borja, el programa “Álbum de Cuba», que se transmitió durante muchos años.

También en Cuba, la CMBF —emisora con una programación cultural informativa especializada en la difusión de música clásica, ballet, cine, teatro, artes plásticas, literatura y espacios de análisis sobre música y cultura general— tuvo el programa “Cómo recuerdas a Ernesto Lecuona”, programa, dedicado a este gran músico, en el cual destacadas personalidades hablaban de él y hacían un vivo retrato de su vida y éxitos.

Ernesto Lecuona expresó con talento e inspiración su cubanía, una identificación que dejó huellas en lo más profundo de su pueblo.

Su obra genial no puede quedar en el olvido. Está siempre vigente como un excelente legado, inclusive más allá de su muerte ocurrida a las 11:30 de la noche del viernes 29 de noviembre de 1963, en Santa Cruz de Tenerife, lugar donde había nacido, y donde también murió, su progenitor, Ernesto Lecuona y Ramos.

Estela Hernández Rodríguez
La Habana (Cuba)