11/10/2011
Muchos Canarios deben pensar estos días, a raíz de la actividad sísmica que está padeciendo en particular la isla de El Hierro, que San Borondón está haciendo acto de presencia.
San Borondón es una de las leyendas más arraigadas en el pueblo Canario, y particularmente en el herreño. Una leyenda que habla de una isla que aparece y desaparece.
Mapa que muestra la ubicación de la isla de San Borondón
San Borondón es la forma Canaria de Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert (480-576 d.C.), un monje irlandés protagonista de una de las leyendas más famosas de la cultura celta: el viaje de San Brendano, o Brandano, a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.
Cuenta la leyenda que Saint Brendan partió a surcar el Atlántico junto con otros 14 monjes en una frágil embarcación. Parece que Brendan y compañía se toparon, un buen día, con una isla en la que decidieron desembarcar. Ésta, según narra la historia, estaba llena de árboles y otros tipos de vegetación.
Los monjes, a su llegada, decidieron celebrar misa tras tomar tierra, y parece ser que fue en ese preciso instante cuando el suelo empezó a temblar. La isla, que parecía tener vida propia, comenzó a moverse.
La leyenda relata que, en lugar de un islote, Brendan y compañía se encontraban encima del lomo de una gigantesca criatura marina.
Muchos se basan en esta leyenda para afirmar que en la Alta Edad Media marinos irlandeses debieron alcanzar, posiblemente, las costas de Norteamérica o de Terranova, así como de Islandia y otras islas del Atlántico Norte.
A partir del siglo XV, a lo largo del cual las Islas Canarias son conquistadas, comienzan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella, y se encontraban cerca de sus costas, la isla era envuelta por la bruma y desaparecía completamente.
Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla-ballena de San Brendan, cuyo nombre se convirtió, en Canarias, en «San Borondón».
Los historiadores la mencionan desde el siglo XVI. Existen numerosos testigos a lo largo de la historia que aseguran haberla visto.
El historiador Abreu Galindo fue un paso más allá y se aventuró a dar sus coordenadas: diez grados y diez minutos de longitud, y veintinueve grados y treinta minutos de latitud. Es decir, al noroeste de la isla de El Hierro.
Quién sabe si San Borondón ha decidido estos días, a raíz de la actividad sísmica que vive últimamente el archipiélago Canario, asomar la cabeza para quedarse definitivamente.


Bueno, estas cosas de leyendas siempre terminan en la duda con la ayuda de la adición de pimienta y sal por el paso del tiempo y de las lenguas.
Lo que sí puedo asegurar es que en el año 1974, yendo con mi padre de Fuencaliente en dirección a los Llanos de Aridane, vimos la tal isla de San Borondón por un largo rato hasta que desapareció ante nuestras narices.
Mi padre hizo un comentario que nunca olvidaré y que no es nada “políticamente correcto” en estos días: «¡En una aparecida de esas deberían poner a todos los maricones para que desaparezcan todos juntos!».
En fin, al margen del comentario, sí fui testigo de la visión de la tal «isla». Aparentemente es un fenómeno de espejismo que tiene su explicación científica, que en aquel momento me tomé la molestia de buscar (y no precisamente en internet). Este fenómeno sólo se da en cierta época del año y no es más que la manifestación de la curvatura de los rayos de luz por las distintas densidades de las capas atmosféricas.
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Pues, tocayo, estamos en las mismas porque también yo he visto esa supuesta «isla», y también conseguí la misma explicación que tú.
Y, aunque no sea políticamente correcto, estoy de acuerdo con tu padre.
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Con lo de esa isla pasa igual que con muchas de las leyendas de los Llanos Venezolanos: La Llorona, El silbón, La Sayona, etc.
Allá por mis años de «carajito» vivía yo en el campo en un hato que era propiedad de mi papá. Una tarde mi mamá me mando, a caballo, a una finca vecina, porque faltaba café y, si mi padre no tomaba café al levantarse, era casi una tragedia.
De regreso, con mi café y empezando ya la noche, tenía yo que pasar por un sitio donde la gente decía que salían muertos y otras cosas. Por supuesto que estaba chorreado, y empecé a ver algo como una figura que se movía hacia donde yo venía, pero recordé que la gente decía: «Si te sale un muerto y vas a caballo, el animal lo ve primero».
Me arme de valor y seguí. Al pasar por donde estaba el «muerto», era simplemente el reflejo de una mata pequeña que crece en la sabana.
A partir de allí, seguí mi camino lleno de ánimo y, por supuesto, al referir a papá lo que había pasado, me contó un par de anécdotas que él había vivido.
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