[*Otros}– Los Canarios en América / José Antonio Pérez Carrión: Valeriano Fernández Ferraz

En las páginas de los periódicos de La Habana, Centroamérica y España, figura, bastante repetido, el nombre del Dr. Ferraz, pero nunca con todos los elogios que merece, porque sería larga tarea seguir su vida a través de sus méritos.

La modestia de nuestro eminente compatriota fue tan sincera que vivió la vida del sabio, y huyó de la publicidad y del aplauso, con tan decidido empeño que en vano hemos buscado datos concretos para bosquejar su historia político-científica.

Tarea hasta cierto punto innecesaria, siendo como es cierto que entre nosotros, tras evocar el nombre de Ferraz vemos destacarse en la mente, definida y arrogante, la figura de un patriota que inspira respetuosa admiración.

Con motivo de tratarse en cierta ocasión de la elección de decano para la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, el periódico El Radical, inspirándose en lo más acertado y lo más justo, propuso como candidato para tal puesto al Dr. Ferraz, y de una brillante exposición que publica de los méritos contraídos por el ilustre Canario en la carrera del Profesorado, tomamos los párrafos siguientes:

«Trátase de elegir decano para la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad, y es indudable que la elección debe recaer en la personalidad más saliente de las que constituyen el claustro de dicha facultad».

«Hay que dilucidar, entre otras cosas, cuál de los profesores en actual servicio en la Facultad de Filosofía y Letras de nuestra Universidad es el más antiguo. Afirmamos que lo es el Dr. Fernández Ferraz, cuyo primer nombramiento, con sueldo del Estado, data del 2 de abril de 1862, como catedrático auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid.

En el año 1858 había ganado ya por oposición la cátedra de latín y griego del Instituto de Jerez de la Frontera, cargo al que renunció para formar parte del claustro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, según queda dicho.

El 2 de febrero del año 1866 fue nombrado catedrático supernumerario (combatiócon el célebre arabista D. Francisco Codera Zaidin), con adscripció a «Estudios críticos sobre los prosistas y poetas griegos, lengua hebrea y lengua árabe».

Por Real Orden de 8 de abril de 1868 fue nombrado el Dr. Ferraz catedrático numerario de la asignatura de lengua griega de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla. Y contrincando de nuevo con el Sr. Codera y Zaidin, ganó por oposición la cátedra de lengua árabe de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid; y después marchó con licencia a organizar y dirigir la enseñanza en la República de Costa Rica.

El gobierno de la nació llamó dos o tres veces al Dr. Fernandez Ferraz para que fuera a Madrid a ocupar su puesto de catedrático de lengua árabe, pero el profesor propagandista, verdaderamente enamorado de la obra que en la esfera plácida y tranquila de la enseñanza estaba realizando en Centroamérica, donde trabajaba con verdadero amor por difundir y arraigar en aquellas jóvenes el espíritu generoso de la España contemporánea, no acudió al llamamiento, dejando en su virtud de pertenecer al profesorado español el 22 de julio de 1872.

Estaba sembrando la semilla de la cultura intelectual en terreno virgen, y abandonando sus propios intereses, se dedicó al servicio de los intereses mayores de la Humanidad».

«Por eso, y sólo por eso, un hombre de la talla del doctor Fernández Ferraz fue declarado fuera del profesorado español, como después lo fueron un Salmerón, un Azcárate, los Giner de los Ríos, y tantos otros, que han «salido y entrado» en el profesorado español.

Por eso, y sólo por eso, ocupa la cátedra de lengua árabe de la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Madrid —dignísimamente, por cierto— el arabista Francisco Codera y Zaidin.

Por eso, y solo por eso, dejó el Dr. Fernández Ferraz de ocupar la cátedra de termino de la Universidad de Madrid y aún el decanato.

En 1882, ocurriole a nuestro amigo la idea de volver a entrar en el profesorado español, para lo cual hizo ese mismo año un viaje desde Costa Rica a La Habana, donde había de verificarse oposición a una cátedra de lengua hebrea. Mas la oposición anunciada desde Madrid con seis meses de plazo para presentarse, según reglamento, se verificó en La Habana a los tres meses de anunciada.

Con tal circunstancia, el Dr. Fernández Ferraz continuó su viaje hasta Madrid, donde ganó por oposición la cátedra de lengua árabe de la Universidad de La Habana, para la que fue nombrado el 22 de diciembre de 1882. Y aún después, en virtud de otra oposición, pasó a desempeñar la cátedra de Historia de la Filosofía.

En los cinco años que el Dr. Fernández Ferraz desempeñó la cátedra en la Universidad de La Habana, prestó grandes y útiles servicios a la enseñanza, encargándose de varias cátedras vacantes, y en ausencias de sus profesores, como son las de griego, hebreo, árabe, sánscrito, y ambos curso de metafísica, mostrando así su amor a la enseñanza de la juventud, y la rica variedad de sus conocimientos.

Hay que decirlo francamente: profesores como el Dr. Ferraz no abundan en todas partes.

En cuanto a la consideración de este catedrático como hombre de letras, hay mucho, muchísimo que decir, pero esto nos llevaría demasiado lejos.

Siendo todavía estudiante, el Sr. Ferraz, fundó, con otros compañeros, la Revista Universitaria, que después se llamó Revista de Instrucción Pública, periódico en que colaboraron hombres que ya en aquella época habían alcanzado alto renombre en la república de las Letras, y que, en su mayor parte, llegaron a ser verdaderas eminencias: filólogos como García Blanco Barcón

Críticos y eruditos como Menéndez de Luarca, y Gumersindo Laverde Ruiz

Filósofos como Sanz del Río y Martín Mateos

Polígrafos como Ramón Zambrana

Polemistas como el Dr. Mata, y su famoso colega Montels Nadals

Anticuarios como Rada y Delgado, director de la Escuela Diplomática de Madrid

Y otros.

La mencionada revista coleccionó tan importantes trabajos sobre la historia literaria de España, que ha merecido el alto honor de ser frecuentemente citada por Menéndez Pelayo en su libro titulado La Ciencia Española.

En su misión en Costa Rica, el Dr. Fernández Ferraz tuvo especial cuidado en consignar los resultados de sus trabajos educacionales en dos revistas, «La Enseñanza» y «El Instituto Nacional», en relación de correspondencia continua con el distinguido educacionista cubano Felipe Mantilla, catedrático de la Universidad de Nueva York, desde donde veía con placer los trabajos de su antiguo condiscípulo de Sevilla en la educación de las repúblicas hispanoamericanas.

El Dr. Ferraz dirigió también el Instituto Nacional de Costa Rica, centro de enseñanza que contaba con veintidós profesores, y del cual han salido hombres eminentísimos y que llegaron a ocupar los primeros puestos en la administración de ese país.

Se ha distinguido, pues, este ilustrado hijo de las Hespérides, dentro y fuera de España, en la esfera de la enseñanza, probando en la práctica, como el que más, que no sólo sabe enseñar sino educar para la vida, y organizar centros de educación que podrían servir de ejemplo en muchas partes donde tales establecimientos dejan mucho que desear, y donde apenas parece haberse formado clara idea de lo que es la educación pública y nacional.

Él fue uno de los vocales de la Junta Directiva del Centro Canario que más trabajó por llevar ese instituto hacia un brillante porvenir.

El Dr. Ferraz se quedó en Costa Rica.

[*IBM}– Del baúl de los recuerdos de IBM: Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV (Cap. 2)

Como ya conté en Del baúl de los recuerdos de IBM: Esto empezó con la 1620 instalada en la UCV, artículo que conviene leer para, entre otras cosas, saber que, a menos que se indique lo contrario, todo lo que ahora sigue fue trasegado vía e-mails hace 8 años, o sea, en 2003.

Carlos M. Padrón

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19-08-2003

Mario R. Esquivel

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Gracias a Pedro Mazzei me he enterado de que está circulando esta historia.

Carlos, no me quites de tu lista, y espero que Lluis Martin regrese de sus vacaciones para que agregue varias páginas, pues él fue uno de los protagonistas de esa época. Me parece una manera muy interesante de revivir acontecimientos de hace más de 30 años.

Estoy de acuerdo con Pedro en señalar a Pablo Guzmán como protagonista de la historia del Plotter. Lo conocí bastante porque fuimos compañeros durante varios semestres, y él era un dirigente estudiantil muy admirado.

En lo que a mí respecta, en 1967 estudiaba ingeniería y, al comenzar el tercer semestre, me encontré con Pedro en el cafetín, cargando una caja de tarjetas. Hasta ese momento lo único que conocíamos eran las tarjetas de inscripción en la Facultad y en las materias a cursar y a duras penas relacionábamos las perforaciones con los códigos escritos en la parte superior. Cuando le pregunté a Pedro qué hacía con «eso», para explicármelo me llevó a conocer «La Computadora de la Universidad» en Control de Estudios.

Creo que ya era una IBM/360-30. Por supuesto, me impresionó y, al mismo tiempo, Pedro comentó que en la Facultad de Ciencias, donde él estudiaba, dictaban unos cursos «de programación» para aprender a usarla.

Me llamó la atención y me inscribí, en libre escolaridad, en Programación I, donde aprendimos a programar en Fortran IV, aunque durante parte del semestre tuvimos que limitarnos al FORGO de la 1620.

Creo que en ese mismo año la escuela adquirió una IBM/360-30 en la que, además de FORTRAN, practicamos COBOL, PL/I y ASSEMBLER 360.

Precisamente por mis conocimientos de COBOL logré una pasantía en la SHELL en 1968, junto a Luis Martín (hoy Lluis Martin) y Michel Ibarreche, más especializados en Sistemas Operativos (OS/360).

Después de un año en Shell y otro en la Petroquímica (IVP) como programador, estuve con la RCA programando la Spectra/70, y cuando cerraron operaciones en 1971, pasé a INM, a la Sucursal Finanzas.

Exprimiré mis recuerdos y trataré de conseguir información de otros compañeros de la época para tratar de incorporar alguna anécdota a esta novela por entregas de la 1620 que aún recuerdo después de 36 años.

La versión de Manny sobre el Fortran y el redondeo de decimales es correcta, pero no recuerdo lo de Matilde.

Recibe un caluroso abrazo,

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Antonio Lalaguna

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En Administración o Control de Estudios de la UCV, en la Plaza del Rectorado, había una IBM/360-30, y en Ciencias había una IBM/360-40, la cual atendía, junto con la de Minas y el Data Center, el Sr. Félix Rangel.

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Leonardo Masina

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Como ya comenté, la IBM/1130 fue instalada, tanto en El Universal como en El Nacional, con una aplicación llamada TYPESETTING.

Las dos máquinas resultaron ser muy nobles. Creo que jamás se estropearon seriamente, excepto por la consola, esa maquinita de escribir, basada en la Selectric de OP, que era mi dolor de cabeza. ¡Ese monstruo podía conmigo!

Por el tipo de aplicación, las 1130 de los periódicos no tenían impresora, sólo utilizaban las consolas, y creo que era por ese motivo que las únicas 1130 que se me estropearon fueron las de los periódicos.

Menos mal que tuve un jefe inteligente (Uwe Petersen) que, como también había sufrido las maldiciones de la consolita, entendió que en lugar de estar yo un día peleando para cambiarle una cuerda de Tilt o Rotare a esa birria, era más rápido pedir ayuda a OP. Y así se hizo.

Y visto el rápido y óptimo resultado obtenido, a partir de entonces cada vez que había un problema con la consola venía un técnico de OP a ayudarme.

Así fue cómo conocí a uno muy especial, pues nos hicimos muy amigos e inclusive llegó a ser mi jefe: Alberto López.

A Alberto le estaré siempre agradecido por eso y por otro motivo. Ver la habilidad con que desarmaba y rearmaba esa consola era impresionante, y por eso, cada vez que yo tenía un problema con esa maquinita, recurría directamente a él.  

Otro problema que tuve fue en El Nacional, un problema mucho más complejo y, al final, tonto.

Habían montado el centro de proceso de datos en el sótano. Por un montacargas recibían los artículos de los periodistas, y por una ventanita pasaban a los linotipos las cintas terminadas.

En realidad, ellos querían tener a las secretarias en la planta de arriba, junto a las lectoras de cinta, y poner las perforadoras donde estaban los linotipistas, pero IBM nunca les suministró una consola o terminal con la que ellos pudieran operar la 1130 en forma remota, así que «todos para el sótano» 

Las perforadoras de cinta que utilizaban eran de muy alta velocidad, y el cliente se quejaba de que, de vez en cuando, había errores en las cintas de salida, o sea, que el texto de entrada era correcto pero, muy esporádicamente, en el de salida resultaba alterado algún caracter.

Inicialmente, eso me tuvo de cabeza. Primero, estudiar el problema. La cinta era de 6 perforaciones —o sea, que el caracter se formaba por la composición de esas perforaciones— y descubrí que los errores eran causados siempre por el mismo punzón, o sea, que se disparaba siempre erróneamente el mismo punzón.

Identificado el problema, pues a buscar la causa. Escribí un programita en Assembler que perforaba un patrón, y otro que lo leía.

El cliente trabajaba desde las 14:00 hasta medianoche, así que yo tenía disponible la máquina todas las mañanas, pero por más que lo intentara con mi programita de test, la máquina no fallaba.

Ya exasperado por no poder reproducir el problema —y, de paso, el cliente arrecho porque a él siempre se le presentaba— una tarde fui al cliente para demostrarle que con mi programita la máquina no fallaba y que, por tanto, debía ser algo del programa original.

Le corrí mi programita y, milagro, ¡el programita falló! Ya tenía yo dos constantes:

1 – Era siempre el mismo punzón
2 – Fallaba sólo por la tarde

Pero eso no era suficiente para resolver el problema; había que encontrar la causa, aprovechando algún tiempo libre del cliente.

Modifiqué mi programita de manera que lo que saliera de la perforadora entrara directamente en la lectora, y las puse a trabajar.

Aquello empezó a escupir cinta que parecía el carnaval de Río, y, al rato ¡bingo, se presentó la falla! Pero, ¿cuál había sido la causa? Volví a arrancar el programita, y, al rato, la falla otra vez.

Una de las secretarias que estaba pendiente de lo que yo estaba haciendo me dijo: «Falló cuando arrancó el montacargas». En efecto, comprobado: la causa era el arranque del montacargas.

Empecé a verificar todos los contactos de tierra, masa, etc., y todo estaba perfecto, pero la maldita máquina seguía fallando. Ya exasperado y derrotado, pedí ayuda a Ramón López.

Cuando Ramón llegó a la instalación le expliqué las dos constantes y la causa.

Miró a su alrededor, agarró los cables de la lectora y de la perforadora de cinta, que eran bastante más largos de lo necesario, los desenrolló y los volvió a enrollar en el otro sentido, como si se tratara de una manguera para regar.

Probamos de nuevo, ¡y todo perfecto! Otro de esos milagrosos inventos de Ramón.

Aparte del problema de la consola de El Universal y de los cables de El Nacional, esas máquinas jamás nos dieron problemas, pero sí nos hicieron ganar mucho dinero a los técnicos por las guardias y los stand-by, aunque nunca tuvimos que ir ni de noche, ni en fin de semana, a repararlas.     

***

Leonardo Masina

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Quien más y quien menos, todos metimos la pata alguna vez en nuestro trabajo en IBM. Y yo, fiel a la regla, la metí también más de una vez, pero creo que la que nunca olvidaré fue una ocurrida en la UDO en Cumaná. 

Me habían mandado allá porque había un problema en el multiplexor de la 1133, pero, al no poder resolverlo, tuve que pedir asistencia a Ramón López.

Recuerdo que cuando regresaba de recogerlo en el aeropuerto, en camino a la Universidad y ya para entrar a la UDO, había que cruzar a la izquierda, y él me contó una anécdota, de años atrás, de un técnico IBM, del área de software, que estaba con él cuando se montó la 1130 de la UDO, y que le decía que cada vez que tomaba esa curva para entrar en la universidad se le «ponían de corbata».

Y Ramón, con su modo pausado de hablar, le contestó: «¿Probaste a reducir un poco la velocidad?». Todavía me acuerdo de ese detalle.

Volviendo al punto, resultó que la 1133 tenía un problema de impresora y se perdían las señales. Me llegaban bien en los boards de abajo, pero no en los de la primera fila de arriba, la más alta. Yo medía la continuidad, y todas las líneas estaban bien, pero las señales no llegaban.   

En cuanto Ramón entró en la sala de máquinas, lo primero que hizo fue agarrar la «banderita» (así llamábamos a la punta del osciloscopio que se utilizaba para medir las señales) y tirar de ella.

Inmediatamente se partió, pues el cable interior estaba roto y hacía falso contacto, pero como el plástico que lo recubría estaba intacto, al halarlo y no contar con la resistencia del cable interior, inmediatamente el plástico cedió y se rompió.

De la vergüenza que me dio yo no sabía dónde esconderme. Y Ramón, siempre con su filosofía tranquilizadora, me dijo: «¿Ves?, era un problema grave, o sea, de GRAVEDAD. Está justificada mi asistencia».

Para los que no estén familiarizados con esto, la «banderita» estaba conectada a la punta del osciloscopio, y el cable (alma interior más cubierta plástica exterior que recubría el alma) colgaba de ella.

El peso del cable hacía que el plástico cediera lo suficiente para que el alma no hiciera contacto; y, al no haber contacto, se perdía la señal.

Cuando yo medía las señales en los boards inferiores, el cable, que no estaba todo extendido, no era lo suficientemente pesado como para provocar en el alma la separación que impedía el contacto; pero al subirlo y aumentar así el peso porque el cable colgaba, se producía la separación del alma y la consiguiente pérdida de contacto.

«Espero haber explicado la GRAVEDAD del problema, o, mejor dicho: EL PROBLEMA DE LA GRAVEDAD». 

No hay mejor forma de aprender que aprender del pasado. Este caso me enseño dos lecciones:

1ª – Antes de utilizar un osciloscopio, comprobar siempre las banderitas.

2ª – Ramón me enseño que no hay que hacer leña del árbol caído. O sea, que cualquiera puede tener un despiste en un determinado momento.

Jamás se supo esto en IBM. De haberse sabido no creo que me hubiera perjudicado, pero sí le estoy muy agradecido a Ramón por el hecho de haberlo mantenido entre nosotros.

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Ramón López

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Unos días antes de Navidad, fui a Mérida por una falla que tenía la 1620, pues un técnico de Maracaibo llevaba allá ya cuatro días sin poder arreglarla. 

Cuando llegué al aeropuerto me subí en un taxi, y por la radio escuché la siguiente noticia: “Por culpa de los imperialistas de la IBM, los obreros y empleados de la universidad no han cobrado…”.

Cuando llegué a la universidad puse cara de no pertenecer a IBM ni saber nada de esa compañía, pues había piquetes de trabajadores muy enojados.

Después de arreglar la máquina, los de la universidad me llevaron a ver cómo era la Paradura del Niño, y muchas cosas más, pues los andinos son muy amables. 

Como nota pintoresca, esa noche, cuando dormía yo en el hotel, se armó un escándalo porque había un señor que roncaba como un terremoto, algo nunca visto, y todo el mundo iba a golpearle en la puerta. Lo escuchabas dos pisos más arriba de su cuarto.

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COMENTARIOS

Enrique Sambrano
Saludaba a Pedro Mazzei

CMP

En respuesta a Enrique Sambrano.

Pues yo ni por casualidad logro entender por qué en tu dirección eres Enrique –y Sambrano con ‘S’ (¡?)–pero te despides como Pedro. ¿Es para “foncundir” al enemigo?

Enrique Sambrano
Por pura casualidad he llegado a este blog lleno de anécdotas tan interesantes de personas de las cuales tengo referencias, y de otras que tuve el placer de conocer y hasta de “trabajar” con ellas.

Saludos, Pedro.

Gabor Simon
Hola a todos los que tuvieron que ver con la 1620 de la Facultad de Ciencias.

Yo estudiaba Ing. Eléctrica desde 1959. En 1963 tomé materias de computación y me puse a estudiar Lenguaje Absoluto (Prof. Domingo), Fortran II (Luis Salgado), Algol y Assembler.

Fueron tiempos complicados para conseguir tiempo de máquina por la carga de trabajo que había en la escuela y teníamos que trabajar de madrugada, cuando lográbamos chulear la 1620 al Prof. Domingo y su combo.

Eran cálculos complicados de fallas trifásicas, etc., de transmisión y distribución de energía eléctrica de alto voltaje (120/240KV).

¡Tremendo equipo para la época! Aunque, como ya habrán leído de otros exIBMistas, daba algunos dolores de cabeza y, si no, que le pregunte a Uwe Petersen y su grupo.

Posteriormente, en Toronto (Canadá) estuve en diseño/modificación de computadoras (Sigma5/7 CDC o SDC, no me acuerdo en estos momentos) para control de procesos industriales.

En el año 1968 entre en IBM de Venezuela para trabajar y mantener las IBM/1800 de las refinerías. Me desviaron luego a trabajar en el diseño del sistema online para bancos (Banco de Venezuela). Harina de otro costal.