[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: Editorial. Orientaciones

“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931), es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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Selección de textos de Tierra Canaria (La Habana, marzo de 1930 a julio de 1931)

Incluimos en este anexo una colección de textos representativos de la revista isleña de Cuba, donde pueden apreciarse elementos sustantivos de su línea editorial. La inmensa mayoría de estos trabajos son debidos a la pluma de su jefe de redacción, Tomas Capote Pérez, aunque se incluyen, como antes se dijo, algunas colaboraciones de Antonio Pino Pérez,

igualmente útiles para analizar la vertiente nacionalista de Tierra Canaria.

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Editorial. Orientaciones

Al iniciar la marcha por este nuevo camino abierto a la prensa canaria de Cuba, ávidos de explorar otros horizontes, rompiendo con la rutina y el quietismo imperantes, digamos de una vez cuál es la pauta ideológica de esta novel publicación isleña.

Empecemos trazando estos conceptos básicos, haciéndolos tremolar en alto como bandera de combate: «De la confraternidad de todos los canarios de América, de la comprensión de nuestros problemas insulares, de la labor encaminada al desarrollo cultural de los nuestros, dependerá en parte principalísima el bienestar de las Islas Afortunadas».

 

Pueblo el nuestro, genuinamente emigrante, desde la magna epopeya del Descubrimiento, nuestra mirada siempre ha estado fija en estas tierras seductoras y magnéticas del Nuevo Mundo. Empinados sobre las rocas nativas, atento el espíritu juvenil a la narración de estos países pródigos, llenos de savia y de sol, vimos un día cómo se alejaban de nuestras playas, rumbo a Occidente, intrépidos bajeles portadores de vigorosos argonautas isleños.

Nuestros abuelos abrieron surcos y fundaron pueblos a lo largo de todo el continente, y no satisfechos con esta noble misión, ofrendaron también su sangre en las contiendas de la libertad, ejercieron la sagrada función del apostolado entre los aborígenes, levantaron innumerables escuelas, y su verbo docente brilló en las universidades americanas.

La historia de los isleños en la conquista y desarrollo de América no es lo suficientemente conocida, aún por aquéllos que están en la obligación de divulgarla.

El pueblo canario tiene hondas raigambres en estos países. Desde el momento histórico en que Colón perdió de vista la Isla del Hierro en su primer y glorioso viaje, el destino de las Islas Canarias quedó íntimamente vinculado a estas hermosas tierras, como si un puente ideal, abierto sobre el Atlántico, marcara para aquellas peñas la nueva y fecunda ruta de su porvenir.

Últimamente el «Plus Ultra» de la mágica hazaña de Franco, levantando su vuelo en una de las rocas afortunadas, rubricó en los aires un luminoso sendero de esperanzas, donde las Canarias continúan ocupando el prominente lugar que la Historia les destinase…

Cruce obligado, para las rutas de tres continentes, Europa, África y América, nuestro Archipiélago está llamado a grandes transformaciones materiales y culturales, cuya benéfica influencia ya estamos sintiendo, pero la magnitud de cuyo porvenir no somos capaces de precisar.

He aquí las poderosas razones que nos obligan a levantar la voz desde las columnas de TIERRA CANARIA, invitando a todos los nuestros a la mutua colaboraci6n en pro de la patria común.

La acción de los canarios en América, en Cuba principalmente, donde radica su núcleo más numeroso, desarrollándose en virtud de las mejores directrices, sacudiendo la abulia que nos consume, luchando con el analfabetismo de los inmigrantes, en una palabra, haciendo obra cultural y progresiva y enfocada esta acción hacia los riscos de nuestro archipiélago, habrá de darnos, embellecido y remozado, el porvenir de la sociedad isleña…

TIERRA CANARIA sale a la luz con este propósito firme de superación, y saluda a la prensa cubana y a la canaria, y a todos los conterráneos de buena voluntad deseosos de su engrandecimiento, pero saluda especialmente a la juventud isleña de Cuba, cuya viva mentalidad, templada en los grandes ideales de Martí, es campo propicio para esta campaña renovadora.

La Habana, Febrero de MCMXXX.

[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: Principales contenidos de la revista

“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931), es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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Principales contenidos de la revista

 

Tierra Canaria, como la mayoría de las publicaciones de su género a partir de la edición de El Guanche, no pudo superar su segundo año de vida. Su primer número alcanzó las 32 páginas, incluidas las cuatro que inicialmente dedicaba a publicidad, y finalizó con 28, con una merma muy considerable de anuncios, principal sustento de la revista.

Bien presentada y de buena factura, la revista se iniciaba con la editorial e incluía una serie de secciones fijas, como la relativa a la explicación de la portada, las noticias de la Asociación y de la colonia canaria de Cuba, los ecos sociales y las crónicas de todas y cada una de las Islas, a las que se unían diferentes trabajos de colaboración, como los referidos a la realidad migratoria, aspectos económicos de interés para los inmigrantes cubanos,

colaboraciones históricas y literarias, las primeras para destacar sobre todo la importancia de los canarios en la Perla de las Antillas, así como otras noticias y artículos de contenido diverso.

 

Especial mención merecen varias colaboraciones, aparte de las que reproducimos en nuestra selección documental, como los trabajos de José E. Perdomo sobre el problema inmigratorio, y también acerca de la cuestión tabaquera; las crónicas de la guerra de Independencia, donde se destacó la presencia de los isleños en las filas del ejército mambí, que corrían a cargo del capitán del Ejército Libertador, Ángel E. Rosende (Mayía); el discurso «Los canarios en la fundación y desarrollo de la ciudad de Matanzas» que pronunció, en el Teatro Sauto de la capital yumurina, el 3 de noviembre de 1929, el presbítero Ramón de Diego, al objeto de conmemorar la fundación de la ciudad por treinta familias oriundas de Canarias, y que dedicó al Dr. Capote Pérez; algunas colaboraciones de Luis F. Gómez Wangüemert sobre la autonomía del archipiélago y sobre figuras ilustres de las Islas; y, entre otras, unos textos sobre «Hijas de Canarias», una agrupación femenina ligada a la Asociación Canaria de Cuba que comenzó a dar muestras de buen hacer por parte del hasta entonces olvidado sexo débil en el contexto de la sociabilidad isleña en Cuba.

Convendría realzar, en este sentido, y como natural complemento a los textos que reproducimos a continuación, algunas referencias a las colaboraciones de carácter económico, entre las que constituye un ejemplo digno de especial mención el ensayo de José E. Perdomo sobre «El problema de las rentas de las fincas tabacaleras», del que extractamos los siguientes párrafos que, pese a su extensión, merecen ser destacados por su importancia histórica en relación con un sector tan significativo, en aquella época, como el constituido por los vegueros isleños de la amplia comarca central de Cuba:

«Uno de los más serios problemas que afectan a nuestros vegueros es, sin duda, el de las rentas. La cantidad anual que por caballería de terreno tienen que abonar nuestros campesinos es la mayoría de las veces exagerada si se la compara con el producto que de su labor obtienen. Y por sobre esto viene el abusivo cobro que se les hace de la llamada «acción del sitio».

En la zona tabacalera conocida con el nombre de «Remedios», que comprende toda la provincia de Santa Clara y parte de la de Camagüey, que últimamente se le ha agregado, existen tres distintas clases de vegueros, a saber: los que labran tierras propias; los que las trabajan a «partido» —esto es, dando la tercera o la cuarta (parte) del producto al dueño o arrendatario principal de la finca—; y un tercer grupo formado por pequeños arrendatarios y subarrendatarios.

En esta clasificación que hemos hecho, tomando como norma la forma en que cada cual posee la finca que trabaja, los más expuestos a quebrantos son los pequeños arrendatarios y los subarrendatarios. El que tiene un pedazo de tierra de su propiedad sabe que aquello es suyo y que cuanto haga por mejorarlo equivale a un aporte al aumento de su capital. Pueden venirle años malos, pero si trabaja con método y con inteligencia y hace una vida económica, las situaciones adversas no le afectan tan profundamente como a los que figuran en los dos restantes grupos a que nos hemos referido.

Los «tercedarios o «cuartadarios» llevan sus posibilidades unidas a los dueños o arrendatarios principales, y éstos tienen que ayudarles en la preparación de la cosecha, cuyo resultado se divide en las correspondientes partes proporcionales. De esta manera unos y otros participan tanto de las ganancias como de las pérdidas. Desde luego que en estas condiciones, cuando hay utilidades, quien más se beneficia es el principal, y cuando los años son malos, el que mayor perjuicio recibe es el que está a «partido», porque siendo generalmente pobre, su crédito se resiente y apenas puede cubrir sus más perentorias necesidades.

Finalmente llegamos al grupo do los pequeños arrendatarios o subarrendatarios, subdivididos en esta forma según tengan la tierra arrendada directamente de los propietarios, o la hayan tomado de personas o entidades que las posean en arrendamiento.

Es costumbre, en el último caso, que hecho el arrendamiento de unas cuantas caballerías de tierra se parcelen en lotes que la mayoría de las veces son de media, tres cuartos o una caballería, y éstas se subarrienden por periodos que, por regla general, no exceden de cuatro o cinco años. Existe también la forma que ellos llaman año por año.

Al firmar el contrato que lo ha de poner en posesi6n temporal de uno de dichos lotes, debe el veguero abonar lo que se ha designado en el nombre de «acción del sitio», y que es una cantidad aparte del importe anual de la renta fijada. Al vencer el periodo por el cual se hizo el subarrendamiento, tiene el campesino, si quiere continuar con el lote, que abonar por segunda vez otra cantidad por la «acción’. En estos casos sucede que muchas veces tiene que pagar bienhechurías que ha realizado de su peculio particular, porque han tenido buen cuidado de incluirle en el contrato una cláusula especificando que «todas las bienhechurías que realicen serán por su cuenta y quedarán a favor de la finca al vencimiento del contrato». Así sucede que a veces el subarrendatario que ha realizado alguna mejora en su «sitio», se perjudica a la postre en vez de beneficiarse.

Es inútil que se hable de modernizar la vivienda del campesino y mejorar sus métodos de vida. Para que estas iniciativas tengan éxito hay previamente que darle frente a problemas como éste de que nos estamos ocupando. Si los dueños de fincas no humanizan más sus procedimientos, el humilde y típico «bohío criollo’, no podrá en manera alguna ser sustituido por viviendas higiénicas y confortables. Todo cuanto se diga en pro de este cambio será utópico si no se apoya en una legislación que abarque el problema en toda su importante amplitud.

Esa zona de Remedios, donde el resultado de las cosechas depende única y exclusivamente de las condiciones climatológicas; donde no existen regadíos; donde no se utiliza el abono; donde es la madre Naturaleza la única que con su mano poderosa indica si el campesino ha de recoger el fruto de sus esfuerzos y sus desvelos o los ha de ver perdidos at final del año, merece que se le ayude a hacer mas segura la existencia de su laboriosa población rural.

En los años malos llegan estos hombres a vivir situaciones verdaderamente difíciles. La «libranza” que se les entrega en pago de sus tabacos apenas alcanza para cubrir la mitad de lo que deben en la bodega del pueblo por los efectos tomados para la manutención de la familia y efectivo para las atenciones de la vega. Este efectivo se facilita con exorbitantes intereses. En muchas ocasiones, después de un año de luchas y fatigas, no le queda al veguero ni siquiera la cantidad necesaria para saldar sus deudas con el médico, la botica y la tienda de ropa; probablemente su cuenta en la bodega ha quedado también con un saldo deudor.

Sólo en los casos en que las fincas son explotadas por sus dueños pueden aprovecharse por entero los beneficios de esta propaganda de mejoramiento agrícola. En los otros se encuentra el valladar que oponen los grandes terratenientes, para quienes lo único que tiene un vital interés es recibir anualmente en sus residencias confortables de la ciudad el importe de la

renta de sus tierras, donde nuestra sufrida población campesina, a costa de sacrificios sin cuento, reúne los dineros que le servirán para poder vivir un año más, lleno quizás, como el anterior, de zozobras y de privaciones».

En este contexto, pues, el autor del artículo solicitaba de las autoridades del país —a quienes, por otra parte, no escatima algunos guiños de alabanza pese a la rudeza de la dictadura de Machado— una ley de aparcería que protegiese a los menos pudientes del desamparo en que se encontraban en determinadas ocasiones. Una norma, en fin, que les liberase definitivamente de «ese ominoso garrote que se intenta disimular con el nombre de acción del sitio».

 

Las entregas relativas al desarrollo de la sociabilidad femenina en Cuba, especialmente en la capital, deben tratarse también con cierta dedicación puesto que nos revelan el desarrollo alcanzado por este importantísimo sector de la migración canaria en la Perla del Caribe, aspecto por demás escasamente estudiado pese a la enorme importancia de la mujer para transmitir, en el seno de estos grupos inmigrados, la herencia cultural de la tierra de origen, en especial si tenemos presente que, como ha escrito Dolores Guerra López, la presencia de descendientes de isleños —segunda y tercera generación— alcanzó, al parecer, a más del cincuenta por ciento del colectivo asociado en sus organizaciones comunitarias.

Según el editorial de Tierra Canaria suscrito, como todos, por su redactor jefe Tomás Capote y correspondiente a agosto de 1930, en la última Asamblea de Representantes de la Asociación Canaria se había tratado, con amplitud, sobre el «ingreso de la mujer en sus filas sociales», nombrándose al efecto una comisión para estudiar la viabilidad del asunto, puesto que requería una reforma del Reglamento de la entidad.

El diligente redactor de la revista isleña se felicitaba por el probable éxito de una iniciativa que, desde hacía al menos una década, había sido puesta sobre el tapete por su paisano Luis Felipe Gómez Wangüemert, y clamaba a favor de la participación femenina en las organizaciones de la comunidad inmigrada, invitándolas a exigir, sobre todo, centros de enseñanza que permitiesen aumentar el nivel cultural de los isleños de ambas orillas.

Las gestiones realizadas por el grupo más progresista de la colonia Canaria de Cuba no tardaron en convertirse en realidad, al menos parcialmente. El 26 de enero de 1931 la junta directiva de la Asociación «Hijas de Canarias», tributó una visita a su homónima de la Asociación Canaria en la nueva sede de esta última, el Palacio Villalba de la capital cubana. La doctora Juana Rodríguez Cruz de Blanco, presidenta de la agrupación femenina, expresó su agradecimiento a los dirigentes del centro canario, en particular a su presidente el señor León y, asimismo, a Luis F. Gómez Wangüemert, presidente de la sección de propaganda de la Asociación Canaria, quien también intervino en el acto para agradecer las referencias a su apoyo y entusiasmo en pos de los ideales de la nueva agrupación femenina.

Con posterioridad, la presidenta de «Hijas de Canarias» hizo público un lamamiento a favor de la sociabilidad femenina en Cuba, indicando que no desmayaría en sus esfuerzos, e invitando a participar en el proyecto a las mujeres canarias y cubanas, tanto descendientes de las Islas como no.

El 22 de febrero Rodríguez Cruz, acompañada de otras damas de la junta directiva, visitó la Casa de Salud de la Asociación Canaria «Nuestra Señora de la Candelaria», donde fue presentada por el administrador de Tierra Canaria, el ya citado Justo A. Alfonso Carrillo, al director y al administrador del centro de salud canario, el Dr. Gustavo G. Duplessis y Joaquín de la Cruz, respectivamente. En presencia, además, de otros miembros del cuerpo médico de la Quinta Canaria se discutió, y se resolvió favorablemente, la posibilidad de que las asociadas de «Hijas de Canarias» se beneficiasen de los servicios médicos de la Asociación Canaria, previo pago de una cuota mínima y hasta que la agrupación femenina pudiese contar con sus propios servicios sanitarios.

En una intervención posterior de la presidenta de «Hijas de Canarias», como parte de la campaña periodística promovida por la agrupación femenina en estos primeros momentos de su existencia, se puso de relieve el creciente desarrollo de la asociación femenina y se insistió en el mensaje de la nueva entidad, abierta a las mujeres canarias y a las mujeres cubanas como una fórmula de mejorar la condición femenina. «Debo decir también que las mujeres cubanas, comprendiendo nuestros ideales e identificadas con nosotras, ya que es ésta una obra organizada por mujeres y para mujeres, se nos han unido con el mayor entusiasmo; en nuestras listas hay muchas, muchas cubanas, y si he dicho que multitud de canarias laboran, no lo hacen con menos amor las cubanas».

La organización femenina, que comenzaba a expandirse por todo el territorio de la República, tenía entre sus proyectos no sólo la erección del ya mencionado centro de salud sino, asimismo, la creación de un plantel de enseñanza que permitiese educar y formar al sexo débil, incluida la etapa de madurez para aquellas mujeres inmigrantes y cubanas que, a causa de una vida llena de sacrificios, no habían podido beneficiarse de los gozos de la educación y la cultura.

Poco después, en el número de Tierra Canaria correspondiente a mayo de 1931, la tesorera de «Hijas de Canarias», Celestina Hernández, anunciaba triunfalmente la inauguración de la clínica de la asociación, destacando la relevancia del nuevo edificio ubicado en el reparto Lawton, que contaba no sólo con un buen plantel de facultativos sino, también, con amplias y ventiladas dependencias, farmacia y otros departamentos sanitarios.

El Sanatorio de «Hijas de Canarias», situado en Luyanó, Aguilera, entre Cárdenas y Batista, en un edificio de porte neoclásico ubicado en un soto bellamente ajardinado, fue dirigido por el doctor palmero Miguel Pérez Camacho, según se destacó con abundante alarde tipográfico tanto en la propia revista como en otras publicaciones locales. Llamó la atención el esfuerzo del colectivo femenino en aquellos momentos especialmente difíciles, a consecuencia del impacto de la crisis de 1929, y quizás por ello su labor mereció todos los parabienes.

[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: El equipo editorial de Tierra Canaria

«“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931)», es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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El equipo editorial de “Tierra Canaria”

En el número 12 de la revista, correspondiente a febrero de 1931, con motivo de su primer aniversario se publicaron las fotografías y los nombres del «Cuerpo de redacción» de Tierra Canaria.

Sus principales mentores fueron su director Benjamín T. Rodríguez, el director artístico Manuel Martín González, el administrador Justo A. Alfonso Carrillo y el diligente jefe de redacción Tomás Capote Pérez, pero, además, colaboraron seriamente con la publicación otros personajes significados de la colonia canaria de Cuba, como Antonio Pino Pérez, Luis F. Gómez Wangüemert, José E. Perdomo, José Clavijo Torres, Dolores Regalado, y el poeta y jurista cubano Andrés de Piedra Bueno, vate honorario de la colonia.

A juzgar por la cantidad de colaboraciones y por su responsabilidad a la hora de imprimir el tono ideológico-cultural a la revista, merecen especial atención entre los mencionados los nombres los de Tomás Capote Pérez, Manuel Martín González, Antonio Pino Pérez y Justo A. Alfonso Carrillo. Respecto al primero, la propia publicación destacó, en diciembre de 1930, su especial dedicación e interés por el alcance social de la revista.

 

«Tierra Canaria ha sido injusta con su ilustrado Jefe de Redacción. Tierra Canaria, ingrata y desmemoriada, en sus nueve meses de vida fecunda y rutilante, se ha ido olvidando lamentablemente de la incalculable modestia del Dr. Capote». Según se indica a continuación la revista le reconocía nada menos que su propia línea editorial. «El Dr. Capote ha venido haciendo durante todo este tiempo los Editoriales viriles y profundamente canarios de nuestra Revista. El ha sido su orientador ideológico más robusto hacia las cumbres del éxito. Él es el sillar más potente de nuestra publicación humilde. Él, a más de ser un buen médico y literato, es poeta, ha cantado, en el molde exquisito de sus versos armoniosos, los encantos rotundos de nuestros paisajes pletóricos de belleza y la mística sublime de nuestros mares… “.

Según David W. Fernández, Capote Pérez había nacido en El Paso (La Palma), en 1891 y falleció en Sancti Spiritu (Cuba), a los setenta y cinco años de edad, en 1966. Médico de profesión, gozó de prestigio profesional en La Habana, habiéndose vinculado, al finalizar sus estudios de Medicina, a la Quinta de Salud de la Asociación Canaria de Cuba, a la que prestó grandes servicios. Desde su juventud demostró un notable interés por las labores periodísticas y literarias, habiendo colaborado en la prensa palmera con varios poemas, antes de su marcha a Cuba en 1909. También tuvo fama de excelente orador.

Años más tarde, tal como asevera el cronista Jaime Pérez García, fue presidente, y uno de los fundadores, del Ateneo Canario de La Habana, fundado el 17 de febrero de 1928, y previamente había pertenecido al Partido Nacionalista Canario de Cuba, erigido el 30 de enero de 1924. Sus convicciones ideológicas nacionalistas están, pues, fuera de dudas, tal como demuestra además la colección de textos que reproducimos en la sección documental del presente trabajo.

El pintor tinerfeño Manuel Martín González, por su lado, nació en Guía de Isora (Tenerife) el 7 de junio de 1905 y, tras realizar algunos estudios de pintura en su isla natal y trabajar como empleado en la Litografía Romero de la capital tinerfeña, emigró a Cuba donde no tardó en obtener encargos como dibujante publicitario para algunas revistas y periódicos locales, realizando asimismo carteles y vallas anunciadoras, actividad que compaginaba con su empleo en una destacada empresa litográfica de la capital cubana. Allí conoció también a la que serpia su esposa, Pilar Ramón Mesa.

Precisamente, en octubre de 1930, Tierra Canaria dedico una página a glosar el éxito que su director artístico había conquistado, a la sazón, en la Perla de las Antillas. El mes anterior la famosa revista Bohemia había encargado su portada al artista isleño que, con el titulo de «Frutas Cubanas», había tratado de simbolizar la exuberancia tropical con un cartel en el que una joven criolla mostraba satisfecha una bandeja de frutos del país.

«Martín González —aseguraba la publicación canaria de Cuba— ha compartido con nosotros los sinsabores y las alegrías de esta ingrata profesión de periodista, pero en justicia queremos hacer constar aquí que muchos de nuestros éxitos se le deben a su labor magnífica de artista», y añadía a continuación que el artista canario estaba en el camino de consolidar sus triunfos profesionales.

 

«Su pincel y su lápiz han formado ya su trayectoria, y por ella sigue de triunfo en triunfo. Ha presentado cuadros y ha recibido honores en exposiciones importantes de esta República, como la que tuvo lugar hace dos años en el antiguo convento de Belén de esta capital. También en el Salón de Pintores y Escultores, donde fueron reconocidos por sus méritos varios paisajes canarios».

En aquellos momentos, el pintor tinerfeño había prometido realizar una exposición en el Ateneo Canario, que no tardó en llevarse a cabo. En efecto, en su numero dieciséis correspondiente al mes de junio de 1931, la revista se hizo amplio eco de la exposición de su director artístico bajo los auspicios del Ateneo Canario de Cuba, cuya inauguración había tenido lugar en los salones de la Asociación Canaria el 27 de mayo anterior, permaneciendo expuestas las obras hasta el día 7 del propio mes de junio de 1931.

A la apertura del evento, que presidió Capote Pérez como primer directivo del Ateneo canario, concurrió también la junta de gobierno de la Asociación Canaria, así como numeroso público, corriendo la presentación a cargo del abogado y poeta Andrés de Piedra Bueno, natural de Unión de Reyes (Matanzas) y, a la sazón, presidente de la Sección de Literatura y Bellas Artes del Ateneo isleño.

En su florido discurso puso de relieve la belleza de las obras de Martín González, de quien dijo que un día «dejó la isla minúscula: Tenerife y se abrazó al Océano para abrazar la mayor de las Islas Canarias: la Isla de Cuba, la República de Cuba, mi patria, hermana grande del archipiélago afortunado, estrella madre de las siete estrellas que un día lucirán libres en la cárcel del mar…”.

Según la presentación de Piedra Bueno, Martín González había emigrado a Cuba cinco años antes, en torno a 1926. «Hace cinco años de su salto oceánico. Cinco —vino a los veinte— años en que ha laborado constante, infatigable y hondamente por captar ondas verdes, ondas azules, ondas rojas, ondas grises: toda la maravilla de su tierra lejana, presente a diario en su espíritu, abierta a diario en la sangre de sus pinceles espirituales, arrancada a la distancia en los veintitrés lienzos que hoy ofrece a la sociedad”.

Sobre el estilo artístico del homenajeado añadió también el presentador algunas consideraciones valiosas. Destacó, por ejemplo, que Martín González no se había afiliado a ninguna tendencia pictórica. «Apenas tuvo escuela. Apenas tiene escuela. Pinta como ve las cosas, claras, sencillas, grandiosas, enormes, florecidas… Pinta, como un lente cromático que recogiera diáfanamente el paisaje. Pinta como si arrancara la tierra y la plasmara en color», matizó, incluso, que no estilizaba el paisaje «—hasta un ensueño de hadas— como el nuevo pintor de Tenerife: Juan Ismael», de quien muy pronto ofrecerá este Ateneo una exposición» y, además, indicó también que Martín González no «espeja los jardines como don Francisco Bonnín en sus acuarelas».

Entre las obras presentadas destacó algunas de especial relevancia como, por ejemplo, la consignada con el número 1 en la exposición, esto es, «El Teide visto desde Las Cañadas», aspecto recurrente en la obra posterior del paisajista isleño; «El Roque Nublo», en Las Palmas; «La Caldera de Taburiente» y «Almendros en Flor» en El Paso (La Palma), o «Tierra Seca», obra alusiva a Fuerteventura, «el martirio de Fuerteventura» como diría el vate matancero. «Arena, arena y el mar. Y. en medio de la arena, entre unas aulagas raquíticas y piadosas, una palmera eleva su lanza oscura, como índice vegetal de los caminos del cielo'».

No tardó en regresar a Tenerife el pintor isleño, atenazado por la nostalgia de su tierra de origen. Casó en Cuba y regresó, según Crespo de las Casas, en enero de 1932, y a partir de entonces desarrolló una intensa labor hasta su muerte, que permite admirar una vasta colección de obras, algunas de las cuales —como sucedió con las de otro gran artista isleño retornado a Canarias desde Cuba: el gomero José Aguiar— decoran también suntuosos edificios públicos y religiosos de Tenerife. Martín González se decantó siempre por el paisaje, rompiendo con sus furtivos ensayos figurativos de la etapa cubana que, sin embargo, forman parte de la herencia artística del pintor isorense, junto a la colección de portadas de Tierra Canaria creadas por él.

El odontólogo Antonio Pino Pérez, por su parte, había nacido como su paisano Tomas Capote Pérez, en El Paso (La Palma), en 1904. Distinguido como orador y como poeta publicó numerosos trabajos y poemas en periódicos y revistas, que más tarde fueron recogidos en parte en un tomo editado en 1982. De regreso a España tras su singladura cubana —durante la que colaboró en Patria Isleña y, naturalmente, en Tierra Canaria, entre otras publicaciones— cursó estudios de odontología y se estableció en Santa Cruz de La Palma y en El Paso, ciudad esta última que le distinguió con el título de Hijo Predilecto por acuerdo de su Ayuntamiento.

En Tierra Canaria publicó varios ensayos que poseen un notable interés desde el punto de vista de la definición literaria de la identidad insular, como sucede con este fragmento de su articulo «La patria de los andariegos». que reproducimos en su totalidad, junto a otros ensayos suyos, en la selección documental.

 

«No cabe dudar que los canarios no tenemos una Patria definitiva, una Patria inmutable, una Patria histórica que nos aprisione con su pasado y nos oriente impelidos entre las brumas de lo venidero. Nacimos en aquellas islas, como nacen los pájaros en el calor de sus nidos, y tan pronto nuestros anhelos tienen fortaleza bastante, nos lanzamos al azar de los espacios, ambiciosos de volar bajo todos los cielos, junto a todos los climas. Y trabajamos con ardor inextinguible en los trópicos, nos quedamos por siempre en la inclemencia de las regiones frías, o nos paseamos de un continente a otro dentro de la consistencia frágil de un velero.

La Patria de los canarios no es España, ni América, ni África, ni siquiera las Islas. La Patria común de los canarios, la Patria imposible que nos identifica a todos en un sentimiento único, es el mar. El mar nuestro, que haciendo temblar los acantilados graníticos que inmutables defienden nuestras costas, se arrastra luego vencido por las arenas conmovidas de nuestras playas. El mar «sonoro» que fragmentó con salvaje furia el concierto insular, para arrullar mejor sus intimidades, besándolas más hondo».

El grancanario Justo Antonio Alfonso Carrillo, aparte de actuar como administrador de Tierra Canaria, tuvo a su cargo la crónica social de esta publicación isleña, que desde el primer número se ofreció a toda la colectividad como una forma de «que todos sepamos de nuestros paisanos y amigos, donde quiera que nos encontremos, alejados quizás por la distancia, pero que estemos siempre vinculados por el patriotismo, el amor y la nobleza que siempre nos ha distinguido», tarea que desempeñó con entusiasmo hasta el último número de la publicación canaria de Cuba, habiendo regresado a Las Palmas en 1932, pues en este año se afilió a la logia Andamana, a cuyas columnas perteneció hasta el estallido de la guerra civil en 1936, habiendo ocupado los cargos de Orador y Venerable Maestro’.

Su expediente masónico nos ofrece algunos datos interesantes. El 17 de octubre de 1935 renunció, por razones de salud, al cargo de Venerable Maestro de Andamana, n° 1, según la comunicación que dirigió a Añaza n° 270 de Santa Cruz de Tenerife como un gesto de cortesía masónica, pues ambas logias estaban auspiciadas, desde fechas cercanas a la proclamación de la República, por el Gran Consejo Federal Simbólico del Grande Oriente Español, tras romper con la obediencia local canaria (Gran Logia de Canarias), y, el 6 de junio de 1936 —a escasas fechas, por tanto, del alzamiento del 18 de julio de aquel año— se dirigió a la propia obediencia para comunicarle que se había hecho cargo de la presidencia de la Junta Provincial en Las Palmas de la Liga Española de los Derechos del Hombre, «en cuyo cargo estará a la disposición más cordial y fraternalmente”.

Aparte de otras incidencias menores, fue acusado por las fuerzas represivas de simpatías comunistas e, incluso, de presunta pertenencia a «Socorro Rojo Internacional», aunque no se aportaron pruebas en su expediente, si bien se indica que era dirigente de los empleados de comercio y que se le internó en el campo de prisioneros de Gando (Las Palmas). La sentencia del Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, dada en Madrid a 7 de diciembre de 1942, le condenó, como autor de un delito consumado de masonería, a 20 años y un día de reclusión mayor, así como a las accesorias de «interdicción civil e inhabilitación absoluta perpetua» para el ejercicio de cualquier empleo público.

En su retractación declaró que había ingresado en la masonería en Cuba, en el año 1928, pero existían indicios suficientes para retrotraer esta fecha hasta el 5 de abril de 1927, momento en que se inició en la logia Fe Masónica de La Habana, a la que perteneció hasta su regreso a su ciudad natal en que entró a formar parte de Andamana, como ya se dijo, a partir del 14 de noviembre de 1932, ostentando el grado 18° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Se trataba, pues, como el resto de sus compañeros de redacción de Tierra Canaria, de un hombre con profundas inquietudes sociales y espirituales.

[*FP}– Mi trato con la tabla Ouija (5/5): La sesión final

06-10-2009

Carlos M. Padrón

El 05-Feb-1974, a la acostumbrada hora de pasadas las 12 de la noche, Cecilia y yo iniciamos una sesión en la que, a diferencia de las demás, colocamos la tabla ouija sobre la mesa del comedor y no sobre nuestras rodillas.

Por acuerdo mutuo combinamos en el cuestionario preguntas sobre el bebé que esperábamos (preguntas que haría Cecilia), con preguntas sobre mi padre (que haría yo).

Deliberadamente me propuse poner a prueba lo de la influencia de la mente de los usuarios o mirones, y para cada pregunta que Cecilia hacía, yo pensaba insistentemente en una respuesta.

P: ¿Cuándo nacerá el bebé?

R: 5 6 (5 de junio, supongo. Que sería en junio ya nos lo habían dicho)

P: ¿De qué sexo será?

R: Varón (Era lo que Cecilia quería y lo que yo pensé)

P: ¿Cuanto pesará?

R; 3900 (3 k 900 gramos, que fue lo que pensé)

P: ¿Cuánto medirá?

R: 55 (cm. En ésta no acerté. A partir de aquí ya dejé de pensar en las respuestas)

Las que siguieron, basadas en que la criatura sería un varón, fueron que estudiaría Farmacia y se casaría en Caracas a la edad de 23 años con una mujer de origen portugués llamada Lucelda Lebelu. Nada fue cierto, pues la criatura fue hembra, estudió psicología y aún está soltera.

Concluida la sesión de preguntas de Cecilia me tocó el turno de preguntar. Transcribo las de interés; entre ellas hubo algunas que fueron divagaciones, y que represento con una línea de puntos (…./…), pero luego volvíamos al tema principal.

P: ¿Quién eres?

R: Tu padre

………../…………

P: ¿Dónde estás?

R: En el Limbo

P: ¿Dónde estabas antes?

R; En el Purgarorio

P: ¿Qué hay después del Limbo?

R: El Cielo

P: ¿Y después del Cielo?

R: Felicidad eterna

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

………………./…………………

P: ¿Estás cansado?

R: Sí

………………./………………..

P: ¿Qué podemos hacer por ti?

R: Recen muchos Credos

P: ¿Cuánto tiempo?

R: Muchos días

………………/………………..

P: ¿Me has ayudado a mí?

R: Sí

P: Menciona algo en lo que me hayas ayudado

R: IBM (Esto pudo salir de mi mente porque es algo que siempre he creído)

P: ¿Fuiste tú quien habló con nosotros la noche del 08-Ene-1974?

R: Sí

P: ¿Podremos hablar contigo en lo sucesivo?

R: Sí

P: ¿Qué debemos hacer para conseguirlo?

R: Tener fe en Dios y llamarme

P: Fe en Dios ya la tenemos, ¿qué más debemos hacer?

R: Llamarme

P: ¿Quieres decir invocarte?

R: Sí

………………/………………

P: ¿Te gustó hablar con nosotros?

R: Sí

P: ¿Quedas más tranquilo?

R: Sí

P: Buenas noches

R: Buenas noches

Eran casi las 2 de la madrugada cuando terminó esta sesión. Nos miramos, y creo que lo que vimos en la cara del otro no nos gustó. Sin decirnos palabra nos metimos en la cama y no tuvimos valor para apagar la luz del dormitorio. Por mi parte sentía que allí con nosotros había algo más, algo que estaba vivo, una presencia que tenía energía, pero que nos resultaba invisible. No recuerdo haber sentido tanto miedo en mi vida. No me atrevía ni a cerrar los ojos, y si al fin me dormí debe haber sido al amanecer, pues desperté cuando la luz del Sol, ya alto en el cielo, se coló por la cortina y me dio en la cara.

Entendí muy bien que había llegado al punto señalado por el Dr. Rhine. Así que, apenas levantarme, guardé la tabla ouija y no la he usado nunca más.

Pasó el tiempo y con él fueron asentándose las emociones y destacándose lo puntos de explicación lógica y los sin explicación razonable.

Entendí que muchas de las respuestas supuestamente recibidas del más allá pudieron perfectamente salir del “más acá”, de mi mente, como la de la fecha de nacimiento de Tito, lo del Infierno para un suicida, la felicidad eterna después del Cielo, o lo de la ayuda para que yo entrara en IBM, pues siempre creí, y lo escribí ya en un artículo, que es demasiada casualidad que mi padre muriera en junio/1969 y que antes del final de ese año sus tres hijos varones consiguiéramos, en materia de trabajo, lo que por años habíamos buscado sin éxito:

1) Raúl, el mayor, (q.e.p.d.), consiguió la fórmula que le permitió mantener incorrupto por mucho tiempo el chorizo canario, y así pudo sacar a consolidar la fábrica de embutidos de la que vivió por el resto de su vida, y de la que obtuvo los recursos para sacar adelante a su familia.

2) Tomás, el segundo, consiguió, sin esperarlo, una oferta de sociedad para una ferretería —actividad comercial que era la preferida de nuestro padre— que aún mantiene y de la que ha vivido hasta hoy, y sacado también adelante a su familia.

3) Y yo, Carlos, logré entrar a IBM después de haber estado tratando de hacerlo desde 1967. Lo que eso significó para mí lo he contado ya varias veces.

Sin embargo, un sábado, creo que de 1992, reunidos los hermanos en casa de mi madre, mi hermano Raúl contó que a poco de morir nuestro padre, y estando él aún muy alterado por esa pérdida, caminaba un día hacia el lugar en que había dejado aparcado su carro Dodge Dart GT (el GT lo tenía el carro pegado, en letras en relieve, en un costado) cuando, sin saber por qué, fijó la vista en esas letras y asombrado vio cómo la ‘G’ saltó, como si algo la hubiera empujado desde dentro de la carrocería y, describiendo una parábola, cayó a sus pies.

Ante esto le pregunté en qué iba él pensando cuando eso ocurrió. A su respuesta, que yo esperaba, de que iba pensando en nuestro padre aunque no entendía qué tenía que ver con eso la letra ‘G’, mi madre, casi con ingenuidad, dijo:

—Bueno, tu padre se llamaba Tomás Gregorio.

Me quedé helado, pues recordé la respuesta que recibí a mi pregunta hecha en la sesión del 08-Ene-1974:

P: ¿Quién nos guía las manos?

R: Tomas G Padron

Ninguno de los hermanos sabíamos nada acerca de ese segundo nombre de nuestro padre, pues, además, no estaba, por ejemplo, en los documentos que yo manejé cuando él murió. ¿De dónde y por qué apareció esa ‘G’, tanto en mi sesión de ouija como en el caso del carro de mi hermano?

Varios años después de haber enterrado yo la ouija, leyendo un libro sobre reencarnación encontré que, según una de las tantas creencias que al respecto se tienen en Oriente, cuando una persona muere, su alma, luego de vagar confundida en el plano terrenal, va por fin al plano en que debe esperar su próximo paso en la evolución espiritual, o sea, su próxima reencarnación.

Cuando le llega el turno debe enfrentarse a su CELADOR con el que armará el plan, con detalles y características, de esa próxima reencarnación.

Hasta ese día, para mí ‘celador’ estaba asociado solamente a la persona que en mi pueblo se encargaba de vigilar que las capillitas de madera conteniendo pequeñas imágenes de santos salieran de la iglesia y fueran pasando de casa en casa según la fecha estipulada y siguiendo el circuito de quienes se habían inscrito para recibirlas.

¿No es lógico suponer que inspire temor el enfrentarse a alguien con quien tendrás que acordar una vida futura, y que resulte cuando menos raro el lugar al que ese celador te destinará?

P: ¿Sufres donde estás ahora?

R: Sí

P: ¿Por qué?

R: Me temo lugar raro

P: ¿Qué te hace pensar que irás a un lugar raro?

R: El celador y valores falsos

Dice la teoría de la reencarnación que cuando morimos debemos reunirnos con el ser (¿celador?) formado por las experiencias que hemos obtenido en vidas anteriores, y decidir con él en qué valores debemos mejorar (¿los que al momento son falsos?), y en qué, cómo, cuándo y dónde (un lugar que, cabe suponer, nos parecerá raro) vamos a reencarnar para vivir una vida en la que eventualmente mejoraremos esos valores,… y aprobaremos ese curso.

Repito lo de

Autor y Actor

«Siento, aunque esté completamente solo, que hay alguien que me está observando. De pequeño creía que era el ángel de la guarda, y más tarde, cuando las enseñanzas fueron más solemnes, Dios.

Ahora creo que es alguien en cierto modo muy parecido a mí, casi como yo mismo, pero mucho más lúcido porque posee todos los conocimientos, experiencias y progresos que he logrado en cada vida pasada. Alguien que se ríe cuando trato de ignorarlo, negarlo ó engañarlo, y me recuerda que él es el autor de la obra que con su asesoría yo mismo escogí, y que ahora, como actor, estoy representando».

*****

Dr Louisa E. Rhine. Duke University in Durham, North Carolina.

[*Otros}– San Francisco de Asís, parroquia homónima de Sta. Cruz de La Palma – Imagen y fiestas

03-10-2009

José Guillermo Rodríguez Escudero

De 1616 data el encargo que suscribió en Sevilla el mercader Fernando de la Pena, vecino de La Palma, con el escultor Francisco de Ocampo, colaborador de Martínez Montañés, para la hechura de una imagen de San Francisco de Asís. Sería confeccionada en madera de cedro y de una vara de alto, “con un Cristo en la mano y un libro en la otra”.

Aunque el contrato no indica su destino, es posible que fuera para el convento franciscano de la capital palmera, al que estaba vinculado Fernando de la Pena, como hermano de la antiquísima cofradía de la Vera Cruz. Sin embargo, la escultura que se conserva, que sigue el modelo de San Francisco que Martínez Montañés hizo para el convento de Santa Clara de Sevilla hacia 1630, no parece corresponderse con la contratada por el citado mercader, de menor altura y con un libro en la mano izquierda. Queda, pues, como nos indica el profesor Pérez Morera, “la duda sobre su auténtica autoría, aunque no su carácter montañesino”.

 

La magnífica obra, datable en el último tercio del siglo XVII, es prácticamente idéntica a otras imágenes existentes en Tenerife: convento de San Francisco de Icod de Los Vinos, donada por el capitán Martínez de Goyas hacia 1672; e iglesia de Nuestra Señora de La Concepción, de la Orotava.

En el inventario de 1821 se dice que había “un retablo pequeño con una imagen de San Francisco que forma el adorno de la Capilla de la Plata”; también “el de la capilla de la Plata con retablo dorado y frontal de lienzo pintado”. Actualmente se encuentra colocado en la hornacina principal, en el primer cuerpo del retablo mayor. Éste procede de la vecina ermita de San José. El anterior y desaparecido retablo tenía dos plantas y tres calles y había sido costeado por Felipe Manuel Massieu Vandale en el siglo XIX.

El mismo profesor palmero nos informa de que, “sin embargo, lo que más llama la atención es su extraordinaria semejanza con el San Francisco del convento de Santa Clara de La Laguna, obra indudablemente de la misma mano de la del historiador Rodríguez Moure”. Afirma también que “no se inferiría agravio a Montañez o Roldán en el caso de que se les atribuyese: tal es la belleza de composición y misticismo que representa aquel rostro verdaderamente seráfico y juvenil, consumido por la penitencia y amor divino”.

 

Llegó la luz eléctrica a la capital de La Palma, sexta ciudad del mundo en tenerla y primera de Canarias, entre otros muchos inventos del siglo XIX. Un dato curioso registrados en los anales y que nos da una idea de la importancia que tuvieron los festejos es que la sociedad “El Electrón”, fundada en la capital palmera para generar el suministro de luz eléctrica a la población, debía encender el alumbrado público: “en dos de los tres días de Carnaval, Domingo de Piñata, Nochebuena, Vísperas de las Fiestas de La Naval y San Francisco… incluso los festejos que se celebraran cada cinco años con motivo de la Bajada de la Virgen…”

Con ello, las fiestas se vieron mejoradas en todos los aspectos. Las celebraciones que tenían lugar antiguamente, pujaban en ser más espectaculares que las de la Virgen del Rosario o “La Naval”, de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán. Un dulce “pique” que hacía las delicias de los vecinos y visitantes, al ser consideradas, después de las de la Bajada Lustral, las mejores de toda la Isla.

En torno al día de su onomástica, el 4 de octubre, la preciosa y elegante imagen del patrono de la parroquia homónima, de la parte norte de la capital, desfila con sus mejores galas y sus atributos históricos: el estandarte, las azucenas y el crucifijo, piezas de plata en su color; también su nimbo sobredorado con ráfagas, la valiosa capa de tisú de oro y plata del siglo XVIII, el gran anillo de oro en el dedo meñique con una piedra violeta… y, sobre todo, el Toisón de Oro con catorce perlas, donado por el monarca Carlos III.

 

Sus delicadas y valiosas andas de plata repujada de baldaquino, barrocas y con veinticuatro campanillas del mismo material, datan de hacia 1761. En febrero de ese año, el padre Lector fray Bartolomé Lorenzo, más tarde Ministro Provincial, tomó 25 pesos procedentes de la venta de otras dos andas de madera que poseía la Venerable Orden Tercera, y esa cantidad fue aplicada a la hechura de las nuevas andas de plata. El profesor palmero Pérez Morera nos informa de que la Orden Franciscana Seglar, como se llama en la actualidad, también “corrió con la obra de las andas similares de Nuestra Señora de la Concepción de la capilla de la Vera Cruz, hechas por el platero Salvador Luján”.

Antiguamente desfilaba procesionalmente por todas y cada una de las calles y plazas que abarcaba su gran parroquia, recibiendo de los vecinos la ofrenda de grandes fuegos artificiales y loas en su honor; la iluminación especial de todas las galerías, zaguanes y balcones; los cuadros plásticos relacionados con la vida y milagros del santo de Asís; la confección de altares efímeros y descansos; y una decoración especial por todo el itinerario procesional a base de banderas, mantones y gallardetes.

Era otra época, aún se sigue representando en la Cueva de Carías la Aparición del Ángel a San Francisco cuando su imagen hace una parada ante ella. Esta gran oquedad fue el palacio del último rey ahuarita del cantón de Tedote y primer Cabildo de la Isla tras la conquista en 1493. También se sigue interpretando el Himno a San Francisco, con letra y música del maestro palmero Felipe López, antes de entrar en el templo.

 

En sus Memorias Insulares, el cronista oficial de la capital, Pérez García relataba cómo se vivían estas fiestas en 1945: “en el mismo mes se celebró la fiesta de San Francisco de Asís y siempre hubo gran rivalidad con la del Rosario. Como ésta se celebraba antes, la Venerable Orden Tercera procuraba organizar la suya con mayor lucimiento”. El mismo investigador informaba de que “hubo elevación de su bandera, verbena, gigantes y cabezudos y dos procesiones”. Al año siguiente, 1946, “la fiesta de San Francisco trajo este año, como novedad, una carrera de caballos que despertó gran expectación. Tuvo lugar el 20 de octubre y se inició a las seis de la tarde […] con un premio al vencedor de 1.000 pesetas […] Asimismo los festejos tuvieron un estreno durante la procesión nocturna que recorría las calles del Tanque y de los Molinos, pues sobre una roca en lo alto del llano conocido como ‘de la Cruz’ y situado en la confluencia de ambas vías, una joven vestida de ángel declamó unos versos alusivos al taumaturgo de Asís y, a su terminación, hubo una gran salva de voladores”.

Una de tantas historias que giran en torno a esta seráfica festividad es la que vivió el marino Eduardo Morales Camacho, contada por su sobrino y ahijado Armando Yanes Carrillo. Todo ocurrió en el mes de septiembre de 1879 cuando su nave estuvo a punto de zozobrar en un huracán mientras regresaba a La Palma desde La Habana.

Estaba tan desesperado, pues creía que todos iban a ahogarse e incluso llegó a pensar en suicidarse con su revólver, que “se le ocurrió la tontería de averiguar el nombre del Santo del día en que iba a morir”. Cuando leyó que su agenda decía que era el 4 de octubre, “San Francisco de Asís”, recordó la imagen que tantas veces vio desfilar delante de su balcón. “y bajo un intenso escalofrío que corrió en aquel momento por toda la piel de mi cuerpo, al levantar nuevamente la cabeza y mi vista del almanaque, me pareció ver en la penumbra de una esquina de mi camarote cómo una nebulosidad dentro de la cual quería como distinguirse cierta figura corpórea que fue aclarándose hasta llegar a ver claramente la misma imagen…”.

A partir de aquel instante el huracán amainó y toda la tripulación logró salvar su vida. Desde entonces, hasta su muerte, don Eduardo se arrodillaba ante la efigie de su venerado Santo cuando la procesión pasaba por delante del balcón de su casa, recordando el día en que salvó su vida gracias a aquel milagro de San Francisco.

***

BIBLIOGRAFÍA

• DARANAS VENTURA, Facundo. La iglesia de San Francisco de Santa Cruz de La Palma. Restauración monumental y contexto urbano en el siglo XX, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, 2008

• PÉREZ GARCÍA, Jaime. Casas y Familias de una Ciudad Histórica. La Calle Real de Santa Cruz de La Palma, Madrid, 1995

Idem. Memorias Insulares. Santa Cruz de La Palma 1942-1946, Excmo. Cabildo Insular de La Palma, CajaCanarias, 2008

• PÉREZ MORERA, Jesús. Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad. “Real Convento de la Inmaculada Concepción”. Caja Canarias, 2000.

• YANES CARRILLO, Armando. Cosas viejas de la mar, Librería Cervantes, 1989

[*Otros}– “Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba / Manuel de Paz: Introducción

“Tierra Canaria”, o la búsqueda de la identidad isleña en Cuba (1930-1931), es un trabajo de Manuel de Paz realizado con cargo al proyecto PI1999/085, subvencionado por la Dirección General de Universidades e Investigación del Gobierno de Canarias.

Publicado en Padronel por cortesía del Dr. Juan Antonio Pino Capote.

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Introducción

Los diecisiete números conservados de la revista mensual ilustrada ‘Tierra Canaria’, que vio la luz entre marzo de 1930 y julio de 1931, constituyen sin duda uno de los capítulos más sobresalientes de la labor periodística y cultural de los isleños en América y, particularmente, en Cuba, durante el siglo XX.

 

En cierto modo esta publicación cierra el episodio nacionalista que se abrió con ‘El Guanche’ de La Habana (1924-1925), y que continuó bajo la egida de Luis Felipe Gómez Wangüemert con Patria Isleña (1926-1927), también en la capital cubana.

A pesar de que la revista no es desconocida en su totalidad —pues tuvimos la oportunidad de citar algunos números cuando redactamos la biografía de Wangüemert, y, asimismo, otros historiadores, como Gregorio Cabrera Déniz, han hecho referencia a varios ejemplares que se conservan en la Biblioteca Nacional «José Martí» de La Habana—, entendemos que Tierra Canaria merece un mayor interés por parte de los estudiosos, puesto que a sus preocupaciones por la colonia canaria de Cuba, por el bienestar de los isleños que se quedaron en Canarias y, entre otras cuestiones, por la búsqueda de las señas de identidad canarias, une su especial preocupaci6n por el diseño editorial encomendado a su director artístico, el joven pintor canario Manuel Martín, que no es otro que el ilustre paisajista tinerfeño Manuel Martín González, más conocido en las islas por sus dos apellidos y, también, por dotarse de algunas secciones atractivas para la colonia isleña como las relativas a ciertas aportaciones literarias, la información minuciosa del devenir cotidiano de la Asociación Canaria de Cuba y el cuidadoso seguimiento de la situación canaria a través de una red de corresponsales, que informaban con puntualidad de aspectos de la vida cotidiana en cada una de las islas del Archipiélago.

En las páginas que siguen nos proponemos ofrecer una visión sucinta de la publicación y de sus principales colaboradores, así como también una amplia selecc16n de textos al objeto de que los estudiosos y los lectores interesados en el tema de las relaciones entre Canarias y América, puedan disponer de un material de indudable importancia para valorar el alcance de la labor cultural de nuestros paisanos al otro lado del mar, muchos de los cuales regresaron a las Islas, aunque su labor cambio de signo por la ruptura histórica que significo la guerra civil española y el nuevo marco social y político del régimen implantado en España.

Nosotros disponemos, en estos momentos (1999), de una colecci6n de la revista en nuestro archivo particular, adquirida recientemente.