Cuando Felipe II volvió por segunda vez a ocupar el trono de Castilla, después de la ruidosa campaña de Villaviciosa en la que Benavides salvó la vida al joven monarca, éste, atento a los poderosos servicios que le había prestado en tantas y tantas acciones, considerándole como uno de sus más fieles amigos, y queriendo ejercitar su pericia y excelentes dotes militares, le nombró gobernador general de La Florida con expreso encargo de embarcarse sin pérdida de tiempo en las naves que a la sazón enviaba a América al mando de otro bizarro hijo de las Canarias, D. Juan del Hoyo y Solórzano.
Así que llegó a su destino el intrépido Benavides, rechazó con ventaja las irrupciones de los colonos ingleses de la Carolina y reprimió las piraterías que se ejercían en aquellas aguas.
No menos buen diplomático que valiente militar, logró con su persuasión la entrega del fuerte de Apaleche, del cual se habían apoderado los indios. Celebra con ellos un tratado de paz y amistad y, merced a su inteligencia e infatigable trabajo, vio bien pronto florecer ei país a su digno mando, bendiciendo los moradores su gobierno, así como su económica administración.
Ocho años estuvo Benavides al frente del delicado y comprometido gobierno de La Florida, hasta que fue nombrado, por otra Real disposición, gobernador político y militar de la ciudad de Veracruz y Castillo de S. Juan de Ulua. Aquí volvió a distinguirse el noble y pundonoroso Canario con sus costumbres patriarcales, generosas y caritativas.
Pero ya cansado, y quebrantada su salud, solicitó de Fernando VJ su retiro; mas éste, que sabia apreciar las excelentes cualidades de Benavides, no juzgó oportuno concederle esa gracia, y le nombró gobernador y capitán general del Estado de Yucatán, y comandante en jefe de la expedición organizada para las costas de México en el Estado de Tabasco y Honduras, en la América Central, contra la invasión inglesa, v con el título de teniente general de ejército.
Cuando Benavides dio por terminado su cometido venciendo a los ingleses en este continente, pasó a la Península para dar cuenta al Gobierno de la nación, recibiendo antes de los indios de Campeche una completa ovación.
Era Benavides tan sumamente caritativo que llegó a España pobre y sin recursos de ninguna especie; de tal manera —¡parece increíble!— que para presentarse al rey fue necesario que el marqués de la Ensenada le prestase su uniforme.
Todo el anhelo de este honradísimo hijo de las Canarias, era ir a pasar sus días en su país; así es que suplicó a Fernando reiteradas veces le destinara a Tenerife de cuartel, lo cual consiguió al fin, no sin que antes se le brindase el Gobierno general del Archipiélago, honor que rehusó, pues deseaba separarse completamente de la vida pública y entregarse sólo a sus instintos caritativos.
Con efecto, llegó a Santa Cruz de Tenerife y se alojó en el hospital civil de Nuestra Señora de los Desamparados en el que gastaba su pequeño hacer en socorrer a los pobres, y en ensanchar y reedificar el edificio, hasta que, agravándose su enfermedad, sucumbió el 6 de enero de 1763.
Tal fue el invicto Canario, agrega un historiador, que por espacio de 24 años sirvió en el ejército de Flandes, España y América, hallándose en mil encuentros y batallas, particularmente en la de Ecride, en la toma de Salcedilla, y rendición de Villarreal e Imbriesta, en España, en la rendición de Elche y en toda la terrible campaña de 1710… En la batalla de Balaguer; en los cerros de Barcelona y Tortosa; en los encuentros de Almenara y Peñalva; en la reñida batalla de Zaragoza; en la toma de Brihuela; en el sitio de Campoamor; y, por último, en la sangrienta batalla de Villaviciosa.
Los rectos mortales de Antonio Benavides González de Molina reposan bajo las bóvedas de la iglesia Parroquial de la Concepción, en Santa Cruz de Santiago Tenerife, plaza fuerte de primer orden. Sobre su losa sepulcral se lee esta inscripción: “Varón de tanta virtud cuanto cabe por arte y naturaleza en la condición humana”.
