El varón ilustre de quien nos vamos a ocupar, tanto por sus conocimientos en administración y en la milicia, cuanto por su buen gusto en la literatura, ha merecido un puesto distinguido entre las glorias patrias.
Nació D. Juan de Binatea y Torres en la ciudad de Santa Cruz de La Palma (1688). Desde muy joven marchó a Inglaterra, donde adquirió una sólida instrucción. De retorno a su patria se dedicó a hacer fructificar los conocimientos que había adquirido en Gran Bretaña, pero un suceso que puso en peligro su vida le hizo decidir bien pronto abandonar su pueblo natal.
Con tal motivo resolvió trasladarse a España pero, restablecido de sus dolencias, solicitó un empleo en la Corte y de allí marchó a América con el grado de capitán de milicias que poseía, siendo nombrado corregidor del partido de Piura en el Perú (1737).
Desde el momento en que nuestro compatriota tomó posesión de su destino, se dedicó con notable ahínco a mejorar el estado de los caminos, a organizar la administración y a extender las relaciones comerciales y mineras de aquel corregimiento.
Por aquella época, la escuadra inglesa al mando del almirante Ansón cometía continuas depredaciones en las costas de la América española, haciendo desembarcos, quemando y saqueando las poblaciones ribereñas.
El 24 de noviembre de 1741 la tripulación del navío inglés Centurion se apoderó del Puerto de Payta al que quemó después de saquearlo, tratando de seguir la costa para hacer lo mismo con otras poblaciones que a su paso hallase, pero nuestro paisano Binatea, apenas tuvo conocimiento de semejante suceso, con la mayor premura juntó a las milicias de su distrito, dirigiéndose a marchas forzadas en busca del enemigo. Éste, al tener aviso de aquel designio, no se atrevió a esperarlo y se embarcó precipitadamente alejándose de aquellos mares.
Seguro ya el valiente hijo de Canarias de que ningún enemigo pisaba el territorio español, cuya administración por aquella parte le estaba encargada, se empeñó con actividad en reparar los males causados por las correrías británicas, haciéndolo de tal modo que todos sus administradores sintieron en extremo su partida cuando llegó el plazo de la sustitución de su gobierno.
La mayor prueba de su desinterés y del afán con que atendía el cumplimiento de sus deberes en aquellas regiones es que, al marchar a Lima para ponerse a las órdenes del virrey, apenas tuvo que costear su viaje, motivo por el cual se le honró con el Corregimiento de Mobucoa que desempeñó hasta su fallecimiento (1777) a los 89 años de edad.
