29-05-2007
Carlos M. Padrón
Retomando el tópico de los comentarios que se hacían en las C3 y que solían ir subiendo progresivamente de tono en la escala moral, en una de ellas ocurrió una vez que el tópico de conversación recaló en las dimensiones de la vulva de la hembra humana, y derivó en bravuconadas de varias de las damas presentes acerca de las dimensiones de la propia.
Los ánimos de algunas de las féminas más arrojadas que allí había se caldearon al punto que, armadas de cintas métricas —de las flexibles, que usan sastres y costureras—, se fueron al Barranco de Las Laderitas, al borde norte del pueblo, se refugiaron en una de las muchas cuevas que en ese barranco hay y procedieron a medirse sus vulvas entre ellas: la dueña del órgano a medir se despojaba de sus bragas (pantaletas), se sentaba en una piedra, se abría de piernas, se echaba hacia atrás, y una de sus compañeras, bajo la vigilancia del resto, procedía a tomar las medidas, que eran anotadas por otra de las muchachas en una de las libretas usadas en la C3 para registrar las medidas de las prendas a confeccionar.
Posiblemente porque las dimensiones de la parte íntima de una de las muchachas resultaron vergonzosamente inferiores a las de todas las demás, ésta se sintió molesta, y tal vez buscando justificación comparativa, contó —bajo condición de “confidencialidad”, por supuesto, ¡faltaría más!— los detalles del clandestino concurso “vulvístico” —o “chochístico”, como alguien lo llamó—, usándolos como pretexto para decir cuáles fueron las medidas de la ganadora, y que se viera que eran, a todas luces, anormales por excesivas.
En aquella época y en aquel pueblo, hasta los pequeños sabían qué se podía difundir y qué no. Y por la índole de tal concurso y el respeto a las familias de las concursantes, el incidente “pasó bajo la mesa”: pocas personas supieron de él, y las más de las que sí supieron, callaron.
Pero, fuera por lo que fuere, cada vez que durante los años siguientes vi a la “campeona” no pude evitar que mi imaginación alzara vuelo, llegando hasta recordar mis incursiones en espeleología. Y por años me ha torturado la incertidumbre de no saber qué pasó con las cintas usadas para tomar las medidas.
• ¿Fueron devueltas sin más a la C3 de donde salieron, a pesar del aroma delator que, por supuesto, adquirieron durante la medición?
• ¿Las bañaron antes en soda cáustica, arriesgándose a que quedaran ilegibles?
• ¿Las botaron, y en la C3 dijeron que se habían perdido?
o no tener respuestas ciertas a dudas tan importantes como,
• ¿Estuvo involucrada en el concurso, tal vez como árbitro imparcial, la directora de la C3?
• ¿Y qué suerte corrió la libreta con los resultados de las mediciones, libreta que desde ese preciso momento cobró incalculable valor histórico? ¿Fue destruida? La hoja u hojas con las medidas, ¿fue arrancada? ¿La conservó alguna de las féminas, tal vez como base y referencia para un posible futuro concurso?
• ¿…?
En fin, todas estas preguntas, y otras muchas de igual calibre filosófico y nivel de insondable profundidad espiritual, me han generado desde entonces grandes dudas existenciales.
