02-09-2006
Carlos M. Padrón.
Los bailes en fechas señaladas —como las patronales, carnavales, etc.— eran muy esperados y concurridos, pero José Mariano, por todos conocido como Marianito, asistía a ellos sólo para mirar desde el borde de la pista cómo sus amigos bailaban y se relacionaban con las muchachas del pueblo, y cómo alguna de esas relaciones maduraba y llegaba al matrimonio después de una “mocedad” (léase noviazgo) oficial, mientras él, hombre por demás trabajador, honesto y tímido, seguía dedicado, año tras año, a las tareas del campo, al cuidado de sus animales… y a fumar su inseparable cachimba (especie de pipa artesanal hecha de madera de brezo).
Sus amigos, sabedores de que Marianito era virgen, que estaba en edad de casarse, pero que, por su gran timidez, no iba jamás a dirigirse a una muchacha para iniciar una relación ni para ninguna otra cosa, decidieron tomar cartas en el asunto.
Comenzaron por hacer mentalmente una lista de las muchachas solteras y sin compromiso —de edad adecuada para Marianito y que, en opinión de ellos, le gustaban a él— y luego le hablaron sutilmente de cada una hasta detectar cuáles eran sus preferidas. Después de identificadas éstas, buscaron consenso sobre una en particular, y la agraciada fue Juana, una muchacha que reunía las condiciones ya mencionadas y, además, tenía características personales bastante parecidas a las que adornaban a Marianito.
El próximo paso fue arreglárselas para que, por “casualidad”, Marianito y Juana coincidieran en varios eventos sociales (recogidas y peladas de almendras, bodas, trillas, etc.) y en forma tal que se vieran obligados a dirigirse la palabra o, cuando menos, dedicarse miradas un tanto sugerentes.
Por supuesto, los amigos de Marianito se encargaron de contarle oportunamente a él que, según serias averiguaciones y comentarios de buena fuente, Juana lo quería, pero, como era de rigor, estaba esperando que él tomara la iniciativa y le propusiera algo más formal. Y, para completar la tarea, le comentaban a Juana que Marianito, cuyas virtudes le ensalzaban, suspiraba por ella y estaba buscando arrestos para atreverse a proponerle una relación formal.
El plan funcionó, tal vez porque las alternativas del uno y de la otra eran escasas o nulas, y después que Marianito se atrevió a plantearle noviazgo a Juana, y de las subsiguientes visitas que le hizo en la casa de sus padres —los domingos y los jueves, con chaperona presente y durante un tiempo prudencial, según exigía el protocolo— fijaron fecha y se casaron.
En aquellos tiempos no se acostumbraba —pues no había ni infraestructura ni facilidades económicas que lo permitieran— pasar la luna de miel en un hotel o en un lugar diferente al pueblo. Los novios se desposaban en el lugar donde iban a vivir, que a veces era una habitación en la casa de los padres de él o de ella. En el caso de Marianito y Juana, el lugar elegido fue la casa, ubicada en un barrio de los altos de El Paso, que Marianito había heredado de sus padres; una de dos plantas que en la baja tenía la lonja, o lugar de despejo, y en la alta el dormitorio y las otras dependencias básicas. El dormitorio contaba con una especie de terraza cuyo borde exterior quedaba justo sobre la entrada de la lonja.
La noche de la boda, la celebración fue también en esa casa, y un poco antes de media noche los invitados se retiraron todos… excepto los amigos “celestinos” de Marianito que se fueron a los bajos de la casa y se escondieron, pegados a la puerta de la lonja, y aguardaron pacientemente.
Como a eso de las dos de la madrugada se oyó el rechinar de una puerta seguido por unos pasos en la terraza que procedían del dormitorio. Los amigos de Marianito, aún bien pegados a la puerta de la lonja para que la luz de la Luna no los hiciera visibles, miraron hacía arriba y, cuando la llama del mechero que Marianito usó para dar fuego a su pipa iluminó completamente la cara de éste, parado al borde de la terraza y dispuesto a “echarse un cachimbazo”, se separaron enseguida de la puerta hasta un punto en que Marianito pudiera verlos, y con un “¡Psst!” en baja voz para que Juana no oyera, llamaron su atención.
Marianito miró hacia abajo, y entonces ellos, igualmente en voz baja, le preguntaron:
—Marianito, Marianito, ¿cómo estuvo eso?
La expresión de Marianito se tornó radiante como la de un niño que encuentra el regalo de Reyes que tanto deseaba, y a voz en cuello, y con tono de alborozada alegría, contestó:
—¡¡Coño, eso es más bueno que el arroz con leche!!
