1987
Sólo hay momentos felices, no felicidad estable. Además, la base de la felicidad es no tener deseos, y perseguirla es en sí un deseo.
Carlos M. Padrón
1987
Sólo hay momentos felices, no felicidad estable. Además, la base de la felicidad es no tener deseos, y perseguirla es en sí un deseo.
Carlos M. Padrón
1987
La propensión de una persona a hacer confidencias y cosas en ella impensables aumenta en relación directa con la distancia que la separa de su hábitat.
Carlos M. Padrón
04-06-2006
Carlos M. Padrón
Juancho era un tipo íntegro, un buen amigo en quien destacaban la chispa y la socarronería propias del campesino canario. Parco de palabra, tímido, y con un gran atractivo para las muchachas, que se le insinuaban de una forma que, por sin tapujos, era muy poco frecuente en la sociedad de la época.
A comienzos de 1957, atravesando La Cumbre Nueva, que recorre la isla de norte a sur como si fuera su columna vertebral, Juancho y yo fuimos caminando desde El Paso a Breña Alta a ver los desastres que una tromba marina había causado en sólo una noche. Luego, y siempre caminando, continuamos a Santa Cruz de La Palma.
Mientras bajábamos por una acera de la Calle Real notamos que por la otra acera subía una muchacha acompañando a una niña, y que, ya desde lejos, la muchacha, una belleza de joven, tenía sus ojos clavados en Juancho de forma tan obvia que resultaba hasta chocante.
Me puse a observarlo para averiguar si devolvía las miradas, pero no; después de que tropezó con la abierta invitación de ella, Juancho se inhibió y, con un ligero sonrojo y apenas observándola por el rabillo del ojo, siguió bajando por la acera ignorando totalmente a la muchacha y fingiendo que nada estaba pasando. Pero a medida que nos acercábamos, ella lo miraba con más insistencia y, sin embargo, Juancho no cambió en nada su actitud de fría indiferencia, una situación que, además de envidia, me hizo sentir vergüenza por el desaire que implicaba.
Cuando la muchacha y la niña quedaron a nuestras espaldas, detuve a Juancho tomándolo por un brazo y, bastante molesto, le dije:
—¿Cómo es posible que hayas tratado así a esa muchacha? ¿¡No se te ocurrió hacer otra cosa!?
Su respuesta, sin inmutarse, dicha sin alterar su marcha y con la sonrisa pícara que adoptaba casi siempre, fue:
—Me miró, la miré; nada me dijo, nada le dije.
Así era Juancho, y por esas peculiaridades suyas, yo le echaba mucha broma.
Cuando en 1957 me fui a Santa Cruz de Tenerife a trabajar y estudiar, nos escribíamos con frecuencia y, por supuesto, nos reuníamos cuando yo iba de vacaciones a El Paso.
A comienzos de 1961, cuando desde Caracas nos llegó a Canarias la invitación para que todos —mis padres, mis hermanas y yo— viniéramos a Venezuela, me llegó también de El Paso una noticia que me dejó perplejo: mi madre, mujer por demás conservadora y comedida que para entonces tenía 56 años (ya una vieja en aquella época y en aquel medio), ¡se había disfrazado en Carnaval y había ido al baile de máscaras en Monterrey!.
Yo no podía creerlo, y aún hoy no me explico qué pudo ocurrirle para que ella hiciera eso. La única explicación que encuentro es que la ilusión del viaje a Venezuela y la consiguiente euforia sacaron a flote una oculta faceta de su personalidad. Pero es el caso que sí, se disfrazó, no recuerdo en combinación con qué otra mujer, amiga y vecina, y con ésta y con la venia de mi padre, pero sin él, se fue al baile de máscaras en Monterrey, que era para entonces la mejor pista de baile, techada y al descubierto, de toda la isla.
Una vez que acepté este primer paso, el resto sí pudo entenderlo. Al llegar al salón, a mi madre le surgió la tremenda duda de a quién buscar por pareja, y de pronto vio a Juancho que, por su timidez, estaba parado solo al borde de la pista. Se fue directamente hacia él, lo engatusó y, seguramente porque Juancho creyó que la dama que de esta forma lo había abordado era una de sus múltiples admiradoras que envalentonada por el anonimato que le daba una careta decidió hacer algo más que dedicarle sugerentes miradas, se pasó bailando con ella todas las horas que mi madre quiso, hasta que ella le dijo que tenía que irse “porque su madre no le había dado permiso para estar en el baile más tiempo”. Y Juancho se tragó todo el cuento.
Haciendo pesquisas averigüé que para entonces ya Juancho sabía con quien había bailado —¡con razón el tipo no me había escrito ni siquiera en respuesta a mis cartas!— y también lo sabía todo el pueblo, que le hacía víctima de sarcasmos a granel.
Ante esta “primicia periodística”, puse manos a la obra y, desempolvando mi tendencia a la poesía sarcástica (que me creó más de un problema con el o la protagonista de algunas de mis composiciones, de las que espero publicar algunas), le escribí y mandé por correo un “poema” del que copio la parte alusiva al incidente del baile con mi madre:
../…
Hoy con gozo sin igual
alegre mi pecho ensancho
para cantar a Don Juancho
su “hazaña” de Carnaval.../…
Recuerdo que, siglos hace,
larga carta te envié
y que esperando quedé
respuesta que no ha llegado.No sé qué te habrá pasado
ni por qué obras así
ni por qué te ha rodeado
silencio tan prolongado
siendo ello raro en ti.Sólo sé que mi cariño
por tu silente persona
es tan grande que perdona
este olvido en que me has puesto.Y es solamente por esto
que hallándome emocionado
al saber de tu proeza,
de la gloria y la grandeza
que en Carnaval te has ganado,
quiero cantar, inspirado
—secundando los clamores,
los vítores y las flores
que hoy te ofrenda la gente—
a esa hazaña imponente,
a esa rara virtud
de tu vista perspicaz
que con fiel exactitud
conoció la “juventud”
que ocultaba un antifaz.¡A ti, pues, clarividente,
trémula mi voz en llanto
al admirar honor tanto,
te envío hoy, reverente,
este “saludable” canto!:“No bailes en Carnaval
con ninguna disfrazada,
pues te arriesgas a danzar
con senecto carcamal,
con feto descomunal,
con macho o mujer casada.Y por obrar sin cordura
y no bailar cara a cara,
tendrás máscara más cara
que tu más cara locura.¡No bailes en Carnaval!
¡Prívate de tal placer!
No bailar, aunque te duela,
es mejor que ir a caer
en pareja de mujer
que podría ser tu abuela”.
Carlos M. Padrón
Comenzando en febrero de 2002, el diario Notitarde (de Valencia, Edo. Carabobo, Venezuela) empezó a publicar en su revista dominical una serie de artículos que, bajo el título ‘Computación personal, herramienta indispensable’, escribí acerca de ese tema y como contribución con ese diario.
Para mi tranquilidad —porque me angustiaba el saber que yo tenía que escribir algo nuevo cada semana—, después de la publicación del artículo número 19, Notitarde canceló mi contribución.
En la esperanza de que estos artículos puedan ser de utilidad para alguien, los publicaré de nuevo aquí, uno a la vez, bajo la sección MiIT y numerados del 1 al 19.
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Conozco a muchas personas, hombres y mujeres de mi generación y hasta más jóvenes (o menos viejos), que manifiestan —a veces no muy abiertamente, otras sí— indiferencia o hasta aversión por la computación personal porque, según argumentan, no la necesitan, pueden vivir sin ella, es cosa de jóvenes, etc. Creo que el motivo que aleja de la computación a estas personas es el miedo; un miedo, muy natural, a no entender, a no poder y, por ello, a hacer el ridículo ante otros.
Acepto que para quienes pasen de los 50 y no hayan estado nunca cerca de esta disciplina, resulte cuesta arriba aceptarla a las primeras de cambio, pero no hay motivo para que no traten de aprender el uso práctico, y hasta me atrevería a decir que “coloquial”, de una herramienta que es hoy día casi indispensable, y lo será cada vez más, para quien quiera o necesite tener presencia y contacto activos en nuestra sociedad.
El miedo al que antes me referí lo veo como normal.
A comienzos de la década de los 80s, y por encargo expreso del presidente de un Banco, armé y comencé a dictar un seminario al que puse por nombre “Introducción a la Computación” que estaba destinado a ejecutivos bancarios de un promedio de edad de 35 años y que tenía el expreso propósito de sacarles el miedo que, según su presidente —quien, paradójicamente, rondaba los 60— tenían ellos a la computación de entonces, que era para todos, tanto programadores como usuarios, mucho menos simple que ahora.
Una vez que, después de un recorrido por los orígenes y evolución de lo que hoy llamamos computadora, entendieron que ésta es una máquina tonta que sólo puede hacer lo que se le diga que haga, y que todo el truco reside en la forma de decírselo, el miedo comenzó a remitir, y la mayoría de aquellos ejecutivos terminó conformando un grupo de entusiastas y creativos usuarios de la computación que, apoyándose en ésta como herramienta, llevaron a su Banco a una posición de privilegio.
En esta serie de pequeños artículos me propongo intentar, una vez más, sacar el miedo a la computación, en particular a lo que hoy conocemos como computación personal, y haciendo énfasis en su manifestación más común: el correo electrónico.
Para ello comenzaré con un recuento muy somero de los orígenes y evolución de la computadora, lo cual me ha dado pruebas de ser una medicina muy efectiva contra los posibles temores de estos usuarios potenciales, de quienes espero que, con las nociones que así recibirán más lo que con su estudio alcancen, pasen en poco tiempo a activos, competentes y satisfechos. Y recuerden: en esto, como en casi todo en la vida, conviene aplicar el proverbio hindú que dice que “Es la pregunta, no la respuesta, el principio de toda sabiduría”. Por tanto, pregunten sin temor al ridículo. Éste fue el principio que marcó el cambio de los ejecutivos antes mencionados.
No pretendo dictar cátedra de nada ni hacer análisis exhaustivos de los diversos conceptos que mencionaré. Sólo tocaré de tales conceptos los aspectos que resulten útiles para el propósito que señalé al comienzo: entender qué es y cómo funciona una computadora, para así perderle el miedo.
Algunos estudiosos del tema fijan los orígenes de la computadora en una máquina de sumar que, a base de engranajes, fue ideada por el francés Blas Pascal en 1642. En 1694, el alemán Godofredo Leibnitz da un paso adelante inventado una máquina que, además, multiplicaba. Y 140 años después, en 1834, un inglés, Charles Babbage, —inspirándose en un telar que, en base a unas placas con perforaciones, había inventado el francés Joseph Jacquard en 1799— inventó a su vez una máquina calculadora que fue lo mejor en su ramo por 37 años. Inspirado en ésta, el norteamericano Herman Hollerith inventó en 1890, y en base a tarjetas perforadas, una máquina tabuladora que ganó la licitación para el censo nacional de población de EE.UU.
Esta tarjeta perforada, con su diseño y el uso que de ella hacía la tabuladora de Hollerith, fue la base para el desarrollo de la máquina que aparece en 1944 y a la que, en análisis retrospectivo, se le concedería después el título de primera computadora, aunque si reiteramos en ese análisis podemos concluir que fue ésa máquina y algunas de sus sucesoras, como las llamadas ‘de registro directo’, las únicas que ameritan el nombre de ‘ordenadores’ por cuanto su principal función era ordenar datos. Opino que llamar ordenadores a los computadores o computadoras —el DRAE registra ambos términos— a partir de la aparición del sistema operativo y hasta las de hoy, es casi un insulto.
Así que fue un pedazo de cartulina lo que —con un sistema de perforaciones que podían representar los números del 0 al 9, todas las letras del alfabeto y varios caracteres especiales (ver ilustración)— se constituyó en el primer medio simple y barato para alimentar a una máquina con datos que ésta pudiera procesar. Por eso al dúo tabuladora más tarjeta perforada se la considera la “madre” de la moderna computadora.

(Lo que está en negritas lo puse yo)
Un día me dijo mi madre: «Nunca te cases enamorado», aún cuando me sonó un poco extraño tal consejo, lo he tenido siempre en mente, tratando de analizarlo y llegando muchas veces a creer que comprendo lo que mi madre trató de decirme.
Con el paso del tiempo he aprendido a sacarle jugo a ese sabio consejo, y lo primero que aprendí fue que muchas veces hay que actuar más con la cabeza que con el corazón.
Este mensaje confirma en mucho lo que pienso al respecto, y me hace ver que lo que un día me dijo mi madre no sólo no era erróneo sino que era y es muy sabio. Lee y verás.
Un experto en relaciones de pareja nos da las cinco reglas de oro para evaluar exitosamente a nuestros prospectos a compañeros(as) de vida. Cuando se trata de tomar la decisión sobre escoger a tu compañero(a) de vida nadie quiere cometer un error. Sin embargo, con un promedio del 50% en fracasos matrimoniales, que es el porcentaje en muchos países del mundo, parece que son muchas las personas que están cometiendo grandes errores en su búsqueda por “el amor de su vida”.
Si a las parejas comprometidas para llegar al matrimonio les preguntas por qué se quieren casar, la mayoría contestará: «Porque estamos enamorados». Yo creo que éste es el error número 1. El escoger a la pareja adecuada no debe basarse solamente en enamoramiento (drogamor). Aunque esto suene incorrecto, existe una gran verdad en ello.
El enamoramiento (drogamor) no es, por sí sólo, la base para contraer matrimonio. Al contrario, el amor (no el drogamor) es el resultado (la consecuencia, no la causa) de un buen matrimonio. Cuando los ingredientes son los adecuados, entonces vendrá el amor. Permítanme decirlo una vez más: sólo con la base del enamoramiento (drogamor) no puede crearse una relación que dure de por vida. Se necesita mucho más (pues el drogamoramiento generalmente dura entre 18 y 36 meses, y tiende a durar menos cuando lleva al matrimonio).
He aquí cinco preguntas que deberías hacerte si en realidad deseas encontrar y mantener a tu compañero(a) de vida.
PREGUNTA 1
¿Compartimos un propósito común en la vida? ¿Por qué es esto importante?
Lo pondré de esta manera. Si vas a estar casado(a) por 20 ó 30 años, eso es mucho tiempo para vivir con alguien. ¿Qué piensan hacer juntos todo ese tiempo? ¿Viajar, comer, hacer deportes, ir de compras, caminar, oír música, hacer el amor?
Se necesita compartir algo con más sustancia y significado: se necesita un propósito común de vida. Dos cosas pueden suceder en un matrimonio: los cónyuges pueden crecer juntos por el mismo camino, o pueden crecer por caminos separados. En el 50% de las parejas, el hombre y la mujer están creciendo por caminos separados.
Para hacer funcionar un matrimonio necesitas saber qué es lo que quieres de la vida, y casarte con alguien que quiera lo mismo. Punto.
PREGUNTA 2
¿Me siento a gusto y tranquilo(a) al expresar y compartir mis sentimientos con esta persona?
Esta pregunta va al fondo de la calidad de su relación. Sintiéndote a gusto, significa que puedes comunicarte abiertamente con esa persona. La base para tener buena comunicación es la confianza; es decir, que no sientas que serás «castigado(a)» o «lastimado(a)» por expresar tus pensamientos y sentimientos.
Un colega define a la persona abusiva como alguien con quien sientes miedo de expresar tus sentimientos y pensamientos. Sé honesto contigo mismo al contestar esta pregunta. Asegúrate de sentirte emocionalmente seguro(a) con la persona con quien deseas contraer matrimonio. Cuando en esto de la expresión de tus sentimientos y pensamientos una persona te trate tan bien como nunca antes te han tratado, esa persona posiblemente haría hasta lo que fuera por tu bienestar. A esa persona no la dejes ir, esa persona es quien generalmente vale la pena.
PREGUNTA 3
¿Es un(a) mensch? (Un mensch es una persona que es refinada y sensitiva)
¿Cómo lo puedes probar? He aquí unas sugerencias. ¿Es una persona que procura regularmente su crecimiento personal? ¿Realmente toma en serio su mejoramiento personal? Un maestro define como una buena persona a aquélla que siempre está buscando la manera de mejorar y de hacer lo correcto.
Así que observa a tu potencial pareja y averigua qué hace con su tiempo. ¿Es una persona materialista? Normalmente una persona materialista no tiene como objetivo principal su mejoramiento personal.
Existen esencialmente dos tipos de personas en el mundo:
1. Las que se dedican a su crecimiento personal; y,
2. Las dedicadas a buscar su propio confort, personas cuyo objetivo en la vida es estar cómodas, vivir para el disfrute personal. Puestas a escoger entre este objetivo o hacer lo correcto, estas personas darán prioridad a su objetivo de comodidad y confort personal. Esto es necesario saberlo antes de entrar a la iglesia.
PREGUNTA 4
¿Cómo trata al resto de la gente?
La cosa más importante que hace funcionar a un matrimonio es la habilidad de dar. Por dar, entendemos la habilidad para hacer que la otra persona se sienta satisfecha y a gusto. Pregúntate si esta persona con la que estás saliendo disfruta al hacer eso por los demás, o si siempre está absorta en sí misma. Para medir esto, piensa en lo siguiente: ¿Cómo trata a otras personas con quienes no tiene que ser amable, tales como camareros, taxistas, etc.?
¿Demuestra gratitud y aprecio? ¿Muestra respeto? Si no tiene gratitud con la gente que le sirve en todo, tú no puedes esperar que muestre gratitud por ti, que no puedes servirle más que los demás.
PREGUNTA 5
¿Acaso hay algo que deseo cambiar de esta persona una vez que estemos casados?
Muchas personas cometen el error de casarse teniendo la intención de, una vez casadas, cambiar o mejorar a su pareja. Pongámoslo de esta manera: probablemente puedes esperar que una persona cambie; sí, ¡pero para mal!
Si no puedes aceptar completamente a esta persona tal y como es hoy, entonces no deberías casarte con ella.
En conclusión, el salir con alguien no debe ser sólo divertido y complaciente, sino también inquisitivo. La clave es tratar de manejar esta etapa un poco más con tu cabeza y un poco menos con tu corazón. Cuando te encuentres en una relación vale la pena mantener la objetividad; haz siempre las preguntas que te ayudarán a descubrir lo que es realmente importante.
Enamorarse (drogamorarse) es un gran sentimiento, pero cuando se despierta con un anillo en el dedo no querrás darte cuenta de que estás en problemas sólo porque no hiciste lo correcto. Y el día en que te sientas unido a alguien, que ese alguien te haga pensar en verdad en un matrimonio, y te des cuenta de que sus cosas «malas» las puedes sobrellevar, ya podrías pensar en casarte, porque se dice que el verdadero amor te llega sólo una vez en la vida; los demás son cariños, que, aunque a veces vienen a ser las personas con las que pasamos el resto de nuestras vidas o con las que mantenemos relaciones de muchos años, nunca llegamos a disfrutar con ellas eso que sí puede hacernos sentir solamente una persona a la que nos atrevemos a llamar «El amor de nuestra vida».
Se dice que “Nadie experimenta en cabeza ajena”, pero tomemos eso como falso, salgamos del círculo vicioso y aprovechemos la experiencia de los demás.
La vida es corta, y vivir de equivocaciones nos reduce las posibilidades de felicidad.
1987
El hombre fiel por principios es más proclive a la infidelidad cuando está de buenas con su pareja que cuanto está de malas con ella.
Carlos M. Padrón