[*FP}— Reencarnación (3/5): Italia y su lengua

18 Febrero 2009 | 10 Visitas directas

Carlos M. Padrón

Mi primera exposición al idioma italiano fue en el “Bianca C”, el barco en el que en 1961 vine a Venezuela. Buena parte del personal, en especial los camareros, hablaban italiano, y me sorprendió entender algunas palabras de lo que hablaban entre ellos. Lo atribuí a que durante el bachillerato había estudiado yo latín.

En septiembre de 1962 entré a trabajar en Olivetti de Venezuela, una compañía que para entonces era como lugar de tránsito para emigrantes italianos, españoles y canarios, que entraban en Olivetti como vendedores de máquinas de escribir y de calcular, mientras encontraban un trabajo mejor. De ahí que en esa compañía hubiera muchos italianos —incluso la gerencia más alta era detentada toda por italianos— que entre ellos sólo hablaban italiano, y mi oído se acostumbró a escuchar a diario ese idioma, como también tuvo que haberse acostumbrado el oído de los otros muchos hispanoparlantes que allí trabajaban, entre los cuales era yo uno de los de menor antigüedad en la compañía.

Mientras yo hacía antesala para hablar con la persona que me entrevistaría en relación con un trabajo en Olivetti, vi cómo una máquina de color verde, mucho mayor que la mayor de las calculadoras por mi vistas, imprimía sola registros contables sobre un tarjetón preformateado con el diseño propio de una hoja de libro Diario.

¿Una máquina haciendo sola, sin intervención humana, asientos contables? Eso me fascinó. Así lo dije en la entrevista en la que fui aceptado como vendedor de Mecanización Integral, posición en la cual no sólo tenía yo que vender las máquinas Audi —que así se llamaban las del modelo que me había fascinado— sino también programar las que vendiera. Y para que yo aprendiera a programarlas, mi jefe me dio unos manuales escritos en italiano. Para mi sorpresa, entendí casi todo lo que en ellos se explicaba, y pocas veces recurrí a algunos italianos natos que aceptaron darme el significado de las palabras que yo no entendía.

A los de Mecanización Integral se nos dijo un día del verano de 1967 que nuestro gerente en funciones se iría de la compañía y que, para reemplazarlo, vendría alguien directamente desde Italia.

En los primeros días de septiembre de 1967 llegó ese alguien, de nombre Gaspare Cinque, un napolitano que en su primera reunión no nosotros nos hizo saber, con ayuda de un intérprete, que no pensaba estar en Venezuela más de dos años, y que tampoco pensaba aprender español, por lo cual nosotros deberíamos aprender italiano si queríamos entendernos con él.

A mis compañeros les molestó mucho esa declaración, que calificaron de arrogancia, pero yo me la tomé como un reto, y, para mi propia sorpresa, pasados quince días estaba yo hablando italiano con Cinque.

Todos en la compañía se quedaron más que boquiabiertos, pero algunos de mis compañeros me acusaron de adulador porque, según dijeron, para ellos estaba claro que yo me había puesto a estudiar italiano desde que, un par de meses antes, me había enterado —vaya usted a saber por dónde— de que pronto tendría por jefe a un italiano.

Tal acusación era falsa, pues nadie me dijo nada sobre el jefe italiano, y, aunque me lo hubieran dicho, el hecho de que el italiano que llegó declarara su negativa a aprender español sorprendió a todos por igual, desde las niveles más bajos hasta los más altos.

Sin embargo, el más sorprendido fui yo, pues aunque al principio atribuí el caso a mis estudios de latín —muy pobres, por cierto— enseguida caí en cuenta de que entre los hispanohablantes ya mencionados había varios que habían estudiado para Cura, y algunos de entre ellos habían permanecido en el Seminario católico durante ocho años, o hasta el día anterior a su ordenación, día en que salieron corriendo. Ésos sí que de verdad habían tenido que estudiar latín, pero aún habiendo estado en Olivetti más años que yo, nunca hablaron italiano ni lo entendieron.

La primera vez que fui a Italia —en un viaje por cuenta de Olivetti, que será objeto de otro artículo—, me sentí muy a gusto en ese país, pero no en el ambiente empresarial de Olivetti, que era de un insoportable culto a la personalidad, sino interactuando con la gente de la calle. Encontraba en eso algo familiar y agradable.

Durante ese viaje, y terminada ya la parte de trabajo, Cinque me dijo que yo tenía que ir a Venecia. Le hice caso e inicié mi viaje saliendo en tren desde la estación principal de Milano, un sábado muy temprano.

En el compartimento que escogí o que me asignaron —ya no recuerdo— iba yo solo, pero en cada estación subía más y más gente hasta que el compartimento se llenó, y en la próxima estación entró a él una viejita que miró buscando asiento y puso expresión muy triste al no ver ninguno disponible. Cuando la pobre iba ya dando media vuelta para, ayudada por su bastón, buscar asiento en otro compartimento, la llamé y le di el mío, que era uno de los más cercanos a la ventanilla. Yo bajé la mesita plegable que había bajo esa ventanilla, y medio me senté en ella, de espaldas al vidrio y tapando casi toda la luz que entraba desde el exterior.

Y desde esa posición continué hablando con los demás pasajeros, pues sabido es que entre italianos no puede esperarse precisamente silencio.

Pasadas algunas estaciones más, cada vez que nos acercábamos a otra, la viejita me preguntaba si íbamos a llegar a Brescia. Yo me limitaba a mirar por la ventanilla, leer el nombre de la estación, y decirle que no, que la próxima no era Brescia.

Como a la tercera vez que me preguntó, al mirar por la ventanilla y no ver ningún nombre todavía, le dije que yo no sabía si la próxima estación sería Brescia, ante lo cual la señora se molestó y en todo airado me dijo que yo no quería ayudarla. Cuando extrañado le pregunté por qué decía eso, su respuesta me sorprendió:

—¡Porque no es posible que siendo tú de Brescia no conozcas las estaciones de tu región!

—Señora, yo no soy de Brescia; yo ni siquiera soy italiano, y ésta es la primera vez que vengo a Italia—, fue mi respuesta.

Y entonces no sólo la viejita sino muchos de los otros pasajeros me llamaron mentiroso, pues para ellos estaba claro que yo no sólo era italiano sino de Brescia pero que, por algún oscuro motivo, quería negarlo, y eso no estaba bien. La presentación de mi pasaporte medio logró convencerlos.

¿Por qué aprendí italiano con tanta facilidad y rapidez?

¿Por qué si, como aducen algunos, lo aprendí por ósmosis —pues “se me pegó” al escucharlo a diario en Olivetti de Venezuela, cosa que ni antes ni después le ocurrió en esa compañía a nadie más, al menos hasta que me fui de ella— tuve que adoptar el acento de Brescia si, como averigüé después, entre los italianos de esa Olivetti no había ninguno de Brescia, y sé ciertamente que no era de Brescia ninguno de los que trabajaron cerca de mi?

¿Por qué a la primera me gustó la Italia popular, algo que no me ha ocurrido con ningún otro país?

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